“En los propios terrenos de este ejido torreonense, el territorio empezó a hablar a través de Octavio. Me contó que la parcela donde está el taller fue de su padre. Que él creció ahí, entre surcos que parecían líneas escritas por el viento, entre acequias que corrían como venas de agua viva.”

VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

La tarde caía sobre Monte Real con esa luz oblicua que hace brillar el polvo como si fueran pequeñas brasas suspendidas en el aire.

Caminaba hacia el taller de mi amigo José Lauro González Martínez, ese torreonense que conocí en Tijuana entre impermeabilizaciones, azoteas calientes y el olor a chapopote que se pega en la ropa como un recuerdo tercamente fiel. Allá nos hicimos amigos. Aquí, en Torreón, la vida nos volvió a juntar.

El taller estaba abierto, respirando como un animal metálico: láminas dobladas, herramientas colgadas, el eco de un martillazo que parecía marcar el ritmo del barrio.

Lauro, con su calma habitual, ajustaba una pieza mientras me contaba cómo había regresado a su tierra, cómo había comprado ese terreno a un ejidatario del Ejido La Perla; cómo el Infonavit le vendió la casa donde ahora vive, a unas cuadras de ahí, en Monte Real.

Mientras hablábamos, apareció un hombre que caminaba como quien conoce cada centímetro del suelo que pisa, Octavio Aguirre. Su presencia tenía algo de raíz: firme, silenciosa, inevitable.

Saludó a Lauro con la confianza de los viejos conocidos y luego me estrechó la mano con una fuerza que no era brusca, sino honesta.

Octavio no sólo era ejidatario. También había sido músico en los años 80, integrante de un grupo llamado Caribe Tropical. Y en su voz había algo de eso: un ritmo suave, una cadencia que parecía venir de otro tiempo, de un escenario improvisado en alguna fiesta del ejido, de noches donde la música y la tierra se mezclaban sin pedir permiso.

Nos pusimos a platicar. Y entonces ocurrió lo que siempre ocurre cuando uno escucha de verdad: el territorio empezó a hablar a través de él.

Me contó que la parcela donde está el taller fue de su padre. Que él creció ahí, entre surcos que parecían líneas escritas por el viento, entre acequias que corrían como venas de agua viva. Que cuando su padre murió, la tierra pasó a sus manos, no como herencia, sino como mandato. “La tierra no se recibe —me dijo—, se continúa.”

Mientras hablaba, yo veía Monte Real alrededor: casas nuevas, bardas altas, calles trazadas sobre lo que antes fue campo. Pero en la voz de Octavio, el ejido seguía intacto. Podía ver el algodón brillando bajo el sol, el agua avanzando por los canales, los hombres doblados sobre la tierra, las mujeres sosteniendo la vida desde la cocina, desde el patio, desde la sombra de un mezquite.

La ciudad había llegado después, lenta pero insistente, como una marea que no retrocede. Parcelas vendidas, fraccionamientos levantados, calles que borraron los surcos. Pero Octavio decía algo que sólo dicen los que han vivido la tierra desde dentro: “El ejido no se fue. Nomás se escondió.”

Y yo sabía que era cierto. Porque mientras él hablaba, el territorio se reacomodaba en mi memoria: veía dónde estaba la parcela original, dónde corría el canal, dónde se paraba su padre a mirar el horizonte.

Lauro escuchaba en silencio, como quien reconoce que su propio regreso a Torreón también está ligado a esa historia. Su taller, su casa, su vida aquí: todo está plantado sobre un pasado que no se ve, pero que sostiene.

La conversación se alargó sin prisa. El sol bajó un poco más. El taller quedó envuelto en una luz dorada que parecía sacada de un recuerdo.

Y al final, como si la tarde misma nos empujara a cerrar el círculo, quedamos en algo sencillo y profundamente humano: un día de estos, los tres nos iremos a comer.

Sin prisa, sin agenda, sin más motivo que seguir conversando. Porque hay historias que sólo se entienden alrededor de una mesa, con un plato caliente enfrente y la memoria abierta.

Y mientras me despedía, pensé que eso —esa promesa de comida, de conversación, de territorio compartido— era la verdadera herencia del Ejido La Perla: una historia que sigue viva porque todavía hay quienes la cuentan, quienes la escuchan y quienes la caminan.

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