Saltillo, años setenta: donde la dignidad caminaba con saco deslavado… Ese hombre se llamaba Adrián Rodríguez García.
Por: Jaime «Jimmy» Martínez Veloz
Saltillo, en los años setenta, era una ciudad que se hacía la dormida. Dormida por costumbre, por miedo, por conveniencia. Dormida entre chimeneas, talleres, maquilas tempranas, y ese frío que cala más cuando uno trae la conciencia tibia.
Era una ciudad donde los patrones mandaban sin levantar la voz, donde los obreros aprendían a aguantar sin levantar la mirada, y donde la gente decente decía que todo estaba bien porque no sabía —o no quería saber— que la injusticia también tiene domicilio.
En ese Saltillo, el de los camiones amarillos, el de los boleros en la Plaza de Armas, el de los estudiantes que soñaban con cambiar el mundo desde una banca de cantera, apareció un hombre que no encajaba en ninguna categoría conocida.
Un hombre flaco, de saco deslavado, que hablaba como si la ciudad fuera un salón de clases y él, el maestro más improbable de todos.
Ese hombre se llamaba Adrián Rodríguez García.
Y aunque muchos lo quisieron encerrar en la palabra “loco”, él se encargó de demostrar que la verdadera locura era aceptar la injusticia sin decir nada.
Adrián no tenía cargo, pero tenía autoridad. No tenía oficina, pero tenía plaza. No tenía partido, pero tenía pueblo. No tenía poder, pero tenía palabra. Y en un Saltillo que prefería el silencio, la palabra era dinamita.
Yo lo conocí cuando era un chamaco de 17 años, con la cabeza llena de planos y la vida apenas en borrador. Lo escuché hablar en la Plaza de Armas, mientras el viento helado nos mordía las orejas, y entendí —sin entender del todo— que había encontrado a un maestro que no venía de ninguna escuela, pero que sabía más de dignidad que todos los libros de civismo juntos.
Años después, en un cuartito flaco de Obregón 110 Sur, mi taller, mi dormitorio y mi refugio, me convertí en su escribiente. El dictaba como quien gobierna. Yo escribía como quien obedece, pero también como quien aprende.
Ahí, entre café recalentado, papeles arrugados y tinta barata, se fundó una república que no aparece en los mapas: la Ciudad Lux. Una república sin territorio, sin presupuesto, sin ejército, pero con algo más poderoso: la certeza de que la dignidad no se mendiga, se proclama.
Los decretos de Adrián no buscaban cambiar leyes. Buscaban cambiar miradas. Eran espejos que devolvían al poder su propia caricatura. Eran golpes de luz en un país acostumbrado a la penumbra. Eran, sin decirlo, una insurrección.
Este libro no es una biografía. Es un testimonio. Un mapa de la memoria. Un archivo moral de un Saltillo que a veces olvida que también tiene corazón.
Aquí no se cuenta la vida de un hombre. Aquí se cuenta la vida de una dignidad. La de un filósofo callejero que convirtió la plaza en aula, la banqueta en república y la palabra en arma.
Este libro es para quienes lo escucharon. Para quienes lo ignoraron. Para quienes lo entendieron tarde. Para quienes aún no lo conocen y sin embargo ya viven bajo su república moral.
Porque Adrián no terminó mal. Terminó trascendiendo. Y en cada página de este libro, en cada decreto, en cada anécdota, en cada carcajada, en cada acto de resistencia, sigue caminando por el Saltillo de los setentas y por el que vino después.
Y yo, su escribiente, solo vengo a dejar constancia.
(Prólogo del borrador del libro: Adrián Rodríguez García, rector de la Universidad Universo, el Quijote de Saltillo y la Ciudad Lux).
![]()
