Las palabras adquieren significado dentro de la vida concreta de las personas. El sentido de una palabra depende de su uso, de su contexto, de la experiencia humana compartida… Las palabras participan de una forma de vida. Cada una está preñada de emociones, historia, cultura, vínculos y modos de mirar el mundo.
VITRALIA | Por Mgtr. Carlos Ávalos
Vivimos en un mundo de palabras, no sólo las usamos, sino que “somos palabra”, nos constituimos como personas a través de ellas. Son el contacto necesario entre el mundo interno del individuo, por ejemplo, sus conversaciones internas, y el mundo externo, por ejemplo, la red de vínculos inter personales que hacen a la trama del tejido social.
Pero la palabra, como nos han enseñado los filósofos a lo largo de la historia, revela (corre el velo, para poder ver la realidad) pero también oculta. Cuántas veces en nuestra vida cotidiana no encontramos palabras para describir lo que experimentamos en nuestras experiencias más profundas, para poner “sobre la mesa” el universo de sentidos que nos ha sido develado gracias a las palabras que hemos pronunciado o que nos han dicho.
Frente a determinadas experiencias la palabra pareciera no alcanzar para decir lo que queremos decir, para expresar nuestro mundo interno, para mostrar lo que permanece oculto en nuestro interior.
Epocalmente nos hemos quedado con la “caja de las palabras” y hemos vaciado su contenido, nos han quedado frases hechas, modismos, que terminan siendo mucho menos importantes y significativos que el mismo silencio.
De hecho, desde que se acuñó por el Dr. Goleman el término: inteligencia emocional, y luego con el avance de la Psicología Social y las Neuro Ciencias, hemos caído en la cuenta de la importancia que tienen para lo que sucede en nuestro Cerebro Límbico (Emocional) las conversaciones internas y nuestros pensamientos que impactan en la amígdala cerebral y hacen que suceda ya no la emoción sino el sentimiento. Es decir, la emoción atravesando nuestro cuerpo y configurando la respuesta de ello en nuestro comportamiento, con implicancias en nuestra salud mental, en nuestro bienestar emocional.
Cada uno de nosotros puede hacer memoria de aquellas palabras que nos ha marcado profundamente en la vida. Las palabras que nos han dicho y las que nos hemos dicho, que despiertan sonrisas, que inauguran esperanzas, que nos sirven de consuelo en las dificultades… pero también aquellas que nos han dejado en intemperies existenciales, desfondados de nosotros mismos, sin lugares donde hacer pie en un mundo que se convierte en hostil. Muchas veces son esas palabras las que nos llevan a la angustia y al desasosiego frente al futuro.
Las palabras que muestran su poder en el autoconocimiento, en la gestión emocional y en la automotivación, que son las competencias emocionales intra personales que hacen de columna vertebral para una sana autoestima y un ser en el mundo con sentido y meta.
También son las palabras las que despliegan las competencias emocionales inter personales, como la empatía y el desarrollo de las habilidades sociales que hacen de puente en el encuentro con el otro.
Un otro que siempre lo será. Que será distinto, único, singular, pleno de misterio y de búsquedas personales.
Por eso al “corazón” del otro se ingresa descalzo, de rodillas, con el respeto de quien se asoma a una realidad ajena a la propia, con el deseo de habitar otra vida junto con la nuestra. De dejar que ese otro se constituya en un rostro y una palabra que modifique nuestro destino de soledad y destierro.
De hecho, la verdadera empatía comienza con esa empatía cognoscitiva que supone el tratar de entender, por lo menos inicialmente, la profundidad de otra existencia. Abandonando el juicio, habilitando espacios de escucha. Buscando lo que une y no lo que separa, lo que integra y no lo que desintegra.
Lo único que puede sacarnos del letargo del propio acontecer es la palabra dada y la palabra recibida con gratuidad, entrega, abriéndonos a su poder transformador personal y personalizante.
Tener esas frases que nos arrancan del desamparo en el caminar cotidiano: “soy importante”, “soy valioso/a”, “Puedo ser posible”, “Hoy quiero mirar el mundo con ojos llenos de amor”, “He nacido para amar y ser amado, no quiero distraerme de ello”, etc.
Frases que nos asisten en la dura jornada y nos hacen sentir que la vida, a pesar de todos sus sinsabores, siendo bella, que merece ser vivida…
El gran Serrat nos hace pensar en ello cuando dice en su canto:
De vez en cuando la vida
Nos besa en la boca
Y a colores se despliega como un atlas
Nos pasea por las calles en volandas
Y los sentidos en buenas manos
Se hace de nuestra medida
Toma nuestro paso
Y saca un conejo de la vieja chistera
Y uno es feliz como un niño
Cuando sale de la escuela
De vez en cuando la vida
Toma conmigo café
Y esta tan bonita que da gusto verla
Se suelta el pelo y me invita
A salir con ella a escena
De vez en cuando la vida
Se nos brinda en cueros
Y nos regala un sueño tan escurridizo
Que hay que andarlo de puntillas
Por no romper el hechizo
De vez en cuando la vida
Afina con el pincel
Se nos eriza la piel, y faltan palabras
Para nombrar lo que ofrecen
A los que saben usarla
De vez en cuando la vida
Nos gasta una broma
Y nos despertamos sin saber qué pasa
Chupando un pavo sentado
Sobre una calabaza
Palabras que son “texto y contexto” de nuestro propio acontecer, de nuestras realidades.
En mi experiencia como educador y como Filósofo desarrollando competencias emocionales en el ámbito laboral y académico, me he encontrado permanentemente con la posibilidad y el límite de la palabra. Incluso como coach la palabra ha sido el vehículo más potente para hacer y hacerme preguntas poderosas.
Muchas veces indagar en las palabras ha llevado a redescubrirme como persona en camino, discípulo permanente. En ello de “creer para entender”, el “fides quaerens intellectum” de San Anselmo.
Wittgestein tiene una famosa afirmación en su libro “Tractatus Logico-Philosophicus”: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” y así nos invita a comprender que aquello que podemos nombrar, pensar y expresar configura también nuestra manera de vivir la realidad. Allí donde faltan palabras, muchas veces aparece el silencio, la confusión o la imposibilidad de comprender plenamente lo que nos sucede.
El mismo autor en su segunda etapa filosófica. “Investigaciones filosóficas”, el autor comprende que las palabras adquieren significado dentro de la vida concreta de las personas.
El sentido de una palabra depende de su uso, de su contexto, de la experiencia humana compartida.
Ya hemos entendido entonces que las palabras no sólo emiten sonidos o construyen frases gramaticalmente correctas… participan de una forma de vida. Cada palabra está preñada de emociones, como afirmaba anteriormente, historia, cultura, vínculos y modos de mirar el mundo…
Por eso afirmo en el título de este artículo: “La palabra como cuidado o como herida: emociones dichas y silenciadas”, porque la misma palabra puede sanar o herir, acercar o expulsar, abrir horizontes o clausurarlos. Las palabras nunca son neutrales porque están cargadas de humanidad.
En tiempos donde abundan discursos vacíos, frases hechas o conversaciones superficiales queremos recordar la necesidad de recuperar la autenticidad de la palabra.
Para que decir sea la consecuencia de escuchar de verdad las experiencias más profundas de la vida: el amor, el dolor, la angustia, la esperanza…
La palabra aparece también como responsabilidad ética: porque aquello que decimos puede convertirse en refugio o intemperie para otro ser humano.
Educar en el lenguaje es también educar emocionalmente. Enseñar a nombrar lo que sentimos, a expresar el dolor sin violencia, a dialogar con respeto y empatía.
Y quizás, nuestras palabras, tengan la fuerza suficiente de transformar una vida…
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Oriundo de Argentina, Carlos Horacio Ávalos colabora para VITRALIA en su calidad de experto en desarrollo de inteligencia emocional. Es magister coaching de vida y corporativo. También es conferencista internacional, miembro de la Federación Mundial de Salud Mental, y desarrollador de personas y equipos en el ámbito empresarial, educativo, salud y deportivo, además, es educador, entre otras actividades.
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