Pareciera que la sociedad quiere acabar con la figura matrimonial, a pesar de ser su institución más importante. Lamentablemente… han logrado debilitarla.
Por: Heriberto Muñoz Núñez *
Para hablar del divorcio es necesario referirnos a las bases que fincaban el matrimonio, a esa promesa incondicional que realizaban dos personas de sexo opuesto, que se unían para procrear y formar una familia.
Posteriormente y ante la autoridad, ambos hacían su promesa incondicional de ayuda mutua, respeto y fidelidad, lo cual culminaba con la el juramento de mantenerse unidos hasta que la muerte los separase, en ceremonial que se galardonaba con la lectura de la Epístola de Melchor Ocampo.
Y si el oficial del Registro Civil quería sobresalir aún más que los novios, era solo necesario sacar sus dotes de orador y exponerlas, con una retórica tal que hasta a uno le daban ganas de casarse.
Los asistentes quedaban impregnados de su contenido y, cerrando el evento con una voz grave y determinante, el funcionario expresaba el típico “los declaro marido y mujer”.
De esta manera, se daba formal inicio al matrimonio para posteriormente proveerle el sello religioso ante el sacerdote o pastor, según sea la religión escogida.
Hoy en día, pareciera que la sociedad quiere acabar con la figura matrimonial, al grado de que han logrado debilitarla. Por un lado, los legisladores, al ceder ante diferentes presiones, modificaron su forma y su fondo.
Dieron cabida a parejas del mismo sexo, haciendo a un lado la procreación y fidelidad como elementos esenciales de la familia.
Así, algunas legislaturas locales definieron al matrimonio simplemente como la unión de dos personas que consienten en realizar una comunidad de vida, donde ambos se procuran respeto, igualdad y ayuda mutua.
A ello le agregamos el descontrol de los roles en el hogar, así como la difusión y divulgación de la igualdad de género, el empoderamiento de la mujer —muchas veces mal entendido y aplicado— y hasta el mal uso del internet como medio de intromisión de otras culturas que promueven el libertinaje.
Para cerrar con broche de oro, se agrega el pésimo uso del celular, con plataformas que facilitan los contactos y platicas privadas, que contribuyen a inhibir la intimidad, llevando a cientos de matrimonio ante el juez familiar y que en su mayoría culminan en divorcio.
La suma de estos factores pareciera no importarles a los legisladores, como si su intención fuera, en efecto, acabar con el matrimonio.
Para que el divorcio se decrete, basta con que, en la mayoría de los estados del país, cualesquiera de los consortes lo pidan al juez. Con o sin oposición de la contraparte, este es decretado, dejando en medio de la pelea o litigio a los hijos y los bienes.
Qué ironía, lo más importante de la sociedad es el matrimonio, y este puede ser liquidado con una simple petición unilateral de divorcio. Su ratificación ante el juez y la vista de su contraparte son más que suficientes para que se concrete.
Como dije, pareciera que a nadie le importara lo sencillo y rápido que en teoría es esto, somos ilusos frente a la complejidad del divorcio.
Por lo regular, la fémina piensa que fracasó en su matrimonio, como mujer, como madre, como hija y ante la sociedad, y que será señalada y acosada por aquellos que la verán soltera o sola. Además, suele enfrentarse al desequilibrio económico y a su propia soledad, sin redes de apoyo adecuadas.
Estos lamentables efectos son unos cuantos, solo unos cuantos ejes de muchos que se presentan con la disolución del vínculo matrimonial.
Cabe señalar que los hijos procreados son en su mayoría enviados a que se les practiquen estudios en organismos auxiliares de la justicia.
Dichas instituciones, a pesar de ser obsoletas, carecen de personal adecuado, inclusive, cuando emiten dictámenes ya han pasado meses de postergación; para entonces, las circunstancias de estudio ya cambiaron.
Definitivamente, el divorcio deja secuelas considerables, en perjuicio de los que integraban esa familia, en su mayoría irreparables ante la omisión de aquellos que crean la norma y de los que creen aplicarla con justicia.
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* El autor es delegado en Coahuila de la Barra Mexicana de Abogados Liberales.
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