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Por: Jaime Cleofas Martínez Veloz

Regresar hoy al territorio y en especial al Ejido La Joya, es para mí como abrir una puerta que había permanecido entreabierta durante décadas. No es un regreso cualquiera. Es volver al lugar donde aprendí a trabajar, a mirar a la gente de frente, a entender la dignidad de las familias que construyen su vida con esfuerzo propio. Es volver al sitio donde, sin saberlo, empecé a formarme para lo que soy hoy.

Entre 1967 y 1969, cuando estudiaba segundo y tercer año de secundaria, recorría La Joya cada semana en una bicicleta Búfalo que apenas podía dominar. La bicicleta era de mi padre, Rubén, y yo la manejaba con la responsabilidad de quien sabe que cada pedaleo significaba un ingreso necesario para seguir estudiando. Mi padre tenía un taller de carpintería donde elaboraba molduras; con ellas formaba marcos para fotografías, y yo era el encargado de venderlos y cobrar los abonos en los ejidos y rancherías.

En La Joya la gente me esperaba. Sabían que llegaba con marcos nuevos, con encargos terminados, con la libreta donde anotaba los pagos. Pero lo más especial era el trabajo que hacíamos con las fotografías. Las familias nos entregaban una foto del esposo y otra de la esposa, a veces gastadas, dobladas, tomadas en estudios improvisados o en fiestas antiguas. Nosotros las ampliábamos, y el pintor con el que mi padre estaba asociado —un artista de verdad— les daba nueva vida: trajes elegantes para los hombres, vestidos de novia para las mujeres. Era una forma de honrar la memoria, de regalarles a las familias una imagen idealizada de sí mismas, un retrato que hablaba de amor, de orgullo y de aspiración.

Yo entregaba esos retratos en La Joya. Veía la emoción en los ojos de la gente cuando se reconocían en esas imágenes transformadas. Era como si, por un instante, la vida dura del campo se suspendiera y apareciera una versión más luminosa de ellos mismos. Y yo, un muchacho de secundaria, era el puente entre el taller de mi padre y la intimidad de esas familias.

La Joya era distinta entonces. No había fraccionamientos ni privadas ni calles pavimentadas. Era un territorio abierto, con casas de adobe, corrales, animales sueltos y un silencio que solo rompían los niños jugando o los perros ladrando a los desconocidos. Yo llegaba, me bajaba de la bicicleta, tocaba las puertas, saludaba a las señoras, platicaba con los hombres que regresaban del campo. Aprendí a reconocer a la gente por su mirada, por su forma de hablar, por la manera en que cuidaban sus fotografías.

Y ahora, tantos años después, regreso a ese mismo territorio convertido en distrito electoral. Regreso no como vendedor de marcos, sino como alguien que quiere escuchar, comprender y servir. Pero en el fondo, la esencia es la misma: sigo tocando puertas, sigo escuchando historias, sigo entrando a las casas con respeto, sigo reconociendo en cada rostro la dignidad que siempre estuvo ahí.

Cuando camino por las colonias que nacieron del antiguo Ejido La Joya —Quintas La Joya, Jardines La Joya, Kalia, Viñedos, Loma Real, Villas de la Huerta— veo un territorio transformado, sí, pero también veo la continuidad de una identidad profunda. La gente sigue siendo gente de trabajo, de familia, de memoria. La Joya creció, se urbanizó, cambió su paisaje, pero no perdió su alma.

Y yo, al volver, siento que cierro un círculo. Que aquel muchacho que llegaba en bicicleta con marcos de madera y sueños pintados ahora regresa con otras herramientas, con otras responsabilidades, pero con la misma convicción: la de honrar a la gente, la de escucharla, la de servirla con respeto.

La Joya me formó cuando yo era un adolescente que buscaba estudiar y ayudar en casa. Hoy me recibe como un hombre que quiere aportar algo más grande. Y en ese cruce entre pasado y presente, entre memoria y compromiso, encuentro el sentido profundo de este regreso: no vengo a descubrir un territorio nuevo; vengo a reencontrarme con una parte de mí que siempre estuvo aquí.

(Mensaje dirigido a las y los militantes de Movimiento Ciudadano)

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