Hoy, el autor da inicio a una serie editorial que reconstruye, día por día, la Marcha a México de 1984, una de las movilizaciones universitarias más importantes en la historia de Coahuila y del país.

VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

La marcha fue el corazón del Movimiento Pro Dignificación Universitaria, un movimiento que nació para defender la democracia, la legalidad y la dignidad de la Universidad Autónoma de Coahuila frente a la imposición y el silencio oficial.

Durante treinta días, entre 200 y 300 universitarios caminamos desde Saltillo hasta la Ciudad de México.

Caminamos con miedo, con frío, con ampollas, pero también con una convicción que no se pudo quebrar.

A partir de hoy, en honor a quienes marcharon y quienes apoyaron la marcha y en especial a la memoria del compañero universitario, Juan Fernando Gallegos Monsiváis “el Kaliman” asesinado antes de llegar la marcha a San Luis Potosí, publicaré cada día el capítulo correspondiente al día de la marcha, siguiendo el calendario real de 1984.

Hoy comparto el Día 1, posteriormente el Día 2, y así, hasta completar la travesía que convirtió a una comunidad en columna, en voz y en camino.

La memoria no es el pasado: es una forma de seguir caminando.

Día 1 – Domingo de Ramos

15 de abril de 1984.

La marcha: cuando el asfalto despertó

Saltillo amaneció ese Domingo de Ramos con un silencio raro, como si la ciudad hubiera presentido que algo estaba a punto de romperse. No era un silencio de misa ni de resurrección. Era un silencio de antesala. De esos que se sienten en la piel, no en los oídos.

La Plaza de Armas, que siempre había sido escenario de domingos familiares, de helados derritiéndose y de niños correteando palomas, ese día parecía otra cosa. Un animal viejo que despierta. Un altar civil. Un territorio que por fin recordaba que también podía ser pueblo.

La catedral, con su sombra larga, vigilaba desde arriba. El Palacio de Gobierno, con sus ventanas cerradas, fingía no ver. Y en medio, nosotros: estudiantes, maestros, trabajadores, madres, padres, novias, amigos. Unos 300 cuerpos. Una sola conciencia.

Saltillo en 1984 era una ciudad que se movía despacio. Las calles olían a pan dulce, a diésel de camión urbano, a polvo que nunca se iba. La política era un asunto de pocos, decidido en escritorios pesados y pasillos alfombrados. La UAC —sin “de Coahuila”, sin maquillaje institucional— era un territorio en disputa. Y la imposición de Valeriano Valdés había sido la gota que derramó el vaso, el insulto que ya no se podía tragar.

Tomé el micrófono. No había opción.

Las autoridades habían cerrado el diálogo.

La ANUIES callaba.

El gobernador se escondía.

El rector se atrincheraba.

Nosotros, de pie.

Dije que marcharíamos a la Ciudad de México. No por capricho. No por espectáculo. Por dignidad.

En ese instante uno está solo.

Solo frente a la gente que confía en ti.

Y no le puedes fallar.

Recordé a Tania y Adriana. Me persigné por dentro. Y salimos.

Los que caminaron

En la plaza estaban Alejandra Safa, el Oxxo, Ricalde, Flor, César y su novia, Juan Fernando, doña Silvia Montenegro, Virgilio Zepeda Cisneros, Fernando Pérez Charles, los compas del PST y del PSUM; Ide Zamora, “la Morena” el Cepillín, el Mexicano, Camilo Torres, Juan de Dios, Luis Eguía con sus ocurrencias, Ulises Medina y los Apaches de la PVC, los de Economía con la Paloma al frente, Cruz Ruiz Negrete “la Bruja”, Juan Fernando Gallegos Monsiváis “el Kaliman”, Isaac Montenegro, Chencho “el cincuentón” Catoncillo, Gonzalo, de Ciencia Químicas, Anselmo Pinales Mancillas y su hermano menor, el Gary, los de las colonias Pancho Villa, Universidad Pueblo y Pueblo Insurgente; Luis Ávila Proa, Chundo, Mario Valencia Hernández, Candelaria Valdez Silva, Lucia Simental Rios, Oralia, Martha y sus hermanas, Julián Espinoza Tapia de la Pancho Villa, los de Enfermería, el Tontín, los brigadistas de Arquitectura, las muchachas de Ciencias Químicas, las hermanas de Pinales, Monroy, Quico Charles, Juan mi hermano, el Torreón, Pedro y Noyola, Marco Antonio Rodríguez, Carlos Villareal Zamora, la Güerita de la Nocturna, el chavalo que me encomendó su madre, Ángel Sánchez de la XEKS y los Cachorros 1 y 2, entre muchos otros.

Y estaban también los que caminaron como si ya supieran que la historia los estaba mirando: Conrado Charles, Juan José Fraire, Rodolfo “El Chino” Villarreal, María Elena Alvarado, Carlos “El Güero” de León.

Cada uno con su historia.

Cada uno con su miedo.

Cada uno con su dignidad.

11:55 horas – La ciudad detrás, la carretera adelante

Atravesamos Saltillo como quien atraviesa un recuerdo que duele: Mercado Juárez, Teatro García Carrillo, Avenida Presidente Cárdenas. Las calles con nombres de toreros nos vieron pasar como cuadrilla de dignidad. Benito Juárez, con el brazo extendido, parecía indicarnos el sur.

Campo Redondo nos despidió con sus escuelas. El indio tlaxcalteca levantó la mano en señal de despedida. Las palmeras del desierto y los hoteles de paso nos dieron la bienvenida a la carretera 57.

La carretera 57: el comal del norte.

La carretera de Saltillo a Arteaga en 1984 era una línea tensa entre dos mundos: la ciudad que dejábamos atrás y la sierra que se levantaba adelante como un animal dormido. Dos carriles apenas, tráileres impacientes, curvas que parecían cuchillos, sol que caía a plomo.

La 57 no era carretera: era prueba.

Era frontera.

Era advertencia.

Los carros se amontonaban detrás de nosotros. Conseguimos dos radios portátiles. Organizamos el tránsito con banderas. Los patrulleros hacían como que no veían.

No éramos muchos.

Pero así fuéramos dos, el esfuerzo bastaba para exigir respeto.

Arteaga – Km 18 – 16:00 horas

Arteaga en 1984 era un pueblo detenido en el tiempo. Casas de adobe, techos de teja, olor a leña y a pan recién horneado. La plaza era un remanso de sombra bajo árboles viejos que parecían saber más de resistencia que de botánica.

Llegamos al jardín frente a la iglesia de San Isidro Labrador. Comimos lo que cada quien traía: tortas, sándwiches, agua. No había logística. Solo convicción.

Esperábamos que el gobernador apareciera. Que negociara. Que obligara al rector a repetir las elecciones.

Nada.

Ni una señal.

El silencio también es una forma de represión.

Los Chorros – Km 24 – 19:40 horas

Los Chorros es un tajo en la sierra. Un lugar donde la carretera se enrosca como serpiente y el viento baja helado desde los pinos. En 1984 era más agreste, más peligroso, más solitario. Un sitio donde uno entiende que la montaña no perdona distracciones.

Ahí hicimos el primer campamento.

Ahí el frío nos recordó que la dignidad también duele.

Ampollas, labios partidos, entrepiernas rozadas, pies hinchados. Cada quien buscó su rinconcito, su cobija, su lumbrita. Nadie se rajó.

La organización: aprender caminando

No sabíamos dónde íbamos a dormir. No sabíamos qué íbamos a comer. No sabíamos cómo íbamos a sobrevivir treinta días en la carretera. Pero sabíamos por qué caminábamos, y eso bastaba.

Los de Enfermería improvisaron un servicio médico.

Las madres voluntarias se adelantaban en vehículos para preparar comida.

Los brigadistas de Arquitectura organizaban el tránsito.

Los de Economía hacían cuentas que nunca cuadraban.

Los de Ciencias Químicas cargaban botiquines que parecían alquimia.

Los Apaches cuidaban la retaguardia.

Los Cachorros cuidaban el ánimo.

Y todos cuidábamos a todos.

Los informantes

Caminaban junto a nosotros “orejas”, “tiras”, policías. La Dirección Federal de Seguridad registraba cada paso. Años después, los archivos del CISEN confirmaron lo que ya sabíamos: nos vigilaban como si fuéramos ejército invasor.

Ellos contaban cuerpos.

Nosotros contábamos conciencias.

Testimonio de Conrado Charles

“El sol quemaba los cuerpos y enardecía nuestras cabezas. Poco antes del 15 de abril todo era entusiasmo por iniciar la loca aventura. Pensábamos que no duraría ni dos días.

Me voy a la marcha, le dije a mi mamá.

¿No te vas a llevar nada?, preguntó.

¿Para qué?, respondí.

En cuanto pisemos la carretera van a quitar a Valeriano.”

La ingenuidad también marcha. Y a veces es la más valiente.

Reflexión final del día

El primer día fue bautismo de fuego. El cuerpo empezó a hablar. La conciencia empezó a caminar.

La universidad dejó de ser edificio. Se volvió columna. Se volvió voz. Se volvió marcha.

Y el asfalto, ese viejo testigo de derrotas, por un día —por este día— se volvió conciencia.

Loading

Por admin