DÍA 7, Sábado Santo … Pancho se plantó en medio del monte y les contó lo que en Saltillo se decía de la marcha; les explicó cómo la ciudad empezaba a vibrar con nuestro paso; cómo las madres, los vecinos, los estudiantes, los que nunca salen en los periódicos, ya hablaban de nosotros como si fuéramos una esperanza que se movía a pie.

VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

El día amaneció en el Ejido La Laguna como amanecen los días que importan: sin pedir permiso.

Era Sábado de Gloria, pero el aire no olía a incienso. Olfateaba uno y encontraba, más bien, el rastro de un diablo chamuscado, ese que el gobernador había invocado cuando decidió quemarse apoyando a Valeriano. Nosotros, en cambio, olíamos a determinación, a piel curtida, a ampolla que ya aprendió a no doler.

A las 7:50 —dice la DFS, que todo lo mira y nada entiende— “reanudamos el movimiento”. Para ellos, un dato. Para mí, una ceremonia.

La frontera: ese filo donde el país cambia de piel

Cruzamos hacia San Luis Potosí. La frontera no era una línea: era un susurro del territorio, una ceja levantada del país que parecía decirnos: “Ya los vi. Sigan.”

Ahí también los de la Policía Federal de Caminos hacían lo que mejor sabían hacer:

nada útil. Y por eso se llevaban su buena ración de mentadas. Quizá cuidar marchistas les impedía dedicarse a su deporte favorito: morder traileros.

La vigilancia era una sombra torpe. La DFS anotaba cada envase, cada paso, cada bocado. Pero no podía anotar lo que importaba: que la carretera 57 estaba floreciendo. Primavera en los bordes del asfalto. Flores que parecían decirnos: “No están solos.”

Pancho Navarro y la ciencia de la solidaridad

Pancho Navarro Montenegro había llegado un día antes, junto con Magdalena García Rosas, nuestra querida Magda, que siempre traía en los ojos esa mezcla de ternura y firmeza que sólo tienen las mujeres que saben organizar la vida en medio del caos.

Llegaron con un cargamento que parecía milagro: alimentos, medicinas, palabras, presencia.

Pancho venía cansado, sí, pero el cansancio en él era como el polvo en la carretera: se sacudía y seguía.

El día 7 amaneció con él recargado de pilas, como si la noche le hubiera devuelto no sólo el sueño, sino el sentido.

Junto a las compañeras de la Colonia Pueblo Insurgente y las compañeras de las colonias Universidad Pueblo y Pancho Villa, responsables de la cocina, Pancho se plantó en medio del monte y les habló.

Les contó lo que en Saltillo se decía de la marcha, cómo la ciudad empezaba a vibrar con nuestro paso, cómo las madres, los vecinos, los estudiantes, los que nunca salen en los periódicos, ya hablaban de nosotros como si fuéramos una esperanza que se movía a pie.

Pancho no gritó. No necesitó hacerlo. Su voz tenía esa gravedad que sólo tienen los hombres que han visto mucho y aun así siguen creyendo.

Cuando terminó, las encargadas de la cocina —esas mujeres que sostenían la marcha con cucharones, ollas y paciencia— le aplaudieron.

Y como gesto de cariño, le ofrecieron el plato especial de la marcha: papas con huevo, o “papas a huevo”, como decía Camilo Torres, con esa mezcla de humor y hambre que sólo se entiende caminando. Magda sonreía. Ella sabía que la revolución también se cocina.

Marco González: cuando la carretera se vuelve aula

Al mediodía, Marco Antonio “El Teórico” González pidió la palabra. Nos detuvimos a la orilla de la carretera —esa línea que es herida, aula y altar— y Marco habló.

No repetiré sus palabras exactas, pero sí su espíritu: Que el villeguismo estaba roto. Que la universidad no era hacienda ni empresa. Que la democracia se construye caminando. Que Armando y yo coincidíamos en lo esencial: dignificar y democratizar la Universidad. Que la victoria no estaba lejos.

Cuando terminó, el aplauso fue unánime. Ese día, la carretera fue universidad. Y nosotros, estudiantes de un país que todavía no sabía que estaba aprendiendo.

La Brigada de Ciencias Químicas: donde la fe, la disciplina y la ciencia también caminan. Ciencias Químicas siempre fue un territorio aparte dentro de la Universidad. Un laboratorio donde se mezclaban fórmulas, precariedades, sueños y resistencias. Ahí se aprendía a medir con precisión, pero también a sobrevivir con ingenio. Por eso, cuando la marcha arrancó, la brigada de Ciencias Químicas no sólo se sumó: se volvió columna vertebral.

El Choper: el que hacía que todo caminara

Rodolfo “El Choper” Gutiérrez no era un simple estudiante. Era un sistema circulatorio entero dentro de la marcha. Mientras otros discutíamos, analizábamos, arengábamos o filosofábamos, El Choper hacía que las cosas sucedieran.

Organizaba brigadas de estudiantes. Trasladaba alimentos. Movía a las compañeras encargadas de las cocinas. Conseguía medicamentos. Distribuía volantes. Coordinaba relevos.

Y cuando algo faltaba, él ya lo había resuelto antes de que alguien lo pidiera. Si la marcha era un cuerpo, El Choper era el corazón logístico, ese que late sin hacer ruido, pero sin el cual nada vive. Fue uno de los grandes pilares de la Marcha.

La Oración el reactivo espiritual

La brigada —Gonzalo Rodríguez Gámez, Ramón Castillo y El Choper— tenía un ritual que me conmovía: antes de arrancar, se reunían y rezaban una oración, todos los marchistas, veían con respeto ese acto tan íntimo y tan sagrado. Yo los veía y pensaba: La fe también se camina.

Gonzalo avanzó hasta San Luis Potosí con la serenidad de quien sabe que la constancia es un reactivo. Paso firme, palabra justa, solidaridad sin aspavientos.

El método científico aplicado al cansancio

Los de Ciencias Químicas eran los primeros en organizar relevos, los primeros en ofrecer agua, los primeros en cargar mochilas ajenas, los primeros en poner orden cuando el cansancio amenazaba con desbordarnos. La marcha necesitaba corazón, sí, pero también necesitaba método. Y ellos lo tenían.

El dato chusco de la DFS: la ciencia contra la ignorancia. En su informe, la DFS escribió con solemnidad: “Se detectó la presencia del estudiante de Economía, GARY WOLKER, de nacionalidad estadounidense (raza negra), simpatizante del movimiento.”

Yo no sabía si reír o preocuparme. Mientras la ciencia caminaba con nosotros, la ignorancia nos vigilaba desde las sombras.

La química de la marcha

Cuando pienso en la brigada de Ciencias Químicas, pienso en esto: en Gonzalo avanzando con la serenidad de quien sabe que la constancia es una forma de oración; en Ramón Castillo cuidando, organizando, alentando; en El Choper, que no caminaba: operaba, sostenía, articulaba, hacía posible;

En los estudiantes que mezclaban disciplina científica con devoción popular; en la Virgen de El Chorro acompañando como un reactivo espiritual; en la primavera floreciendo a los lados de la carretera; en el polvo pegado a las batas imaginarias de quienes, aún lejos del laboratorio, seguían siendo químicos.

La avanzada a Matehuala: cuando la marcha se vuelve país

Antes de llegar a Matehuala enviamos una avanzada. Había que repartir volantes, hablar con la prensa, desmentir un libelo que nos llamaba “vándalos”.

Armando se adelantó y consiguió que el Primer Regidor ofreciera el Centro Recreativo para asearnos y descansar. La DFS lo anotó como trámite. Yo lo viví como un reconocimiento político.

Mientras tanto, en Saltillo, las madres preparaban su propia marcha. En Monclova, la brigada catonista buscaba apoyo. La marcha se multiplicaba como una idea que ya nadie podía detener.

La hospitalidad: cuando el país se mira en sus caminantes

Los poblados —La Paz, San José de las Raíces, San Rafael, San Roberto—

nos recibían con comida, sombra y admiración.

Los automovilistas que iban o venían de la Ciudad de México se solidarizaban al conocer nuestros motivos. La DFS lo anotaba con frialdad. Yo lo vivía como un país despertando.

La noche: polvo, deseo y disciplina

Acampamos a 25 kilómetros de Matehuala. El polvo del día se me había pegado a la piel como una segunda memoria. La noche era fértil para la nostalgia… y para la pasión. Después de siete días, empezaron a formarse parejas: Paty y Camilo; Cande y Mario.

Y, sin embargo, quienes encabezábamos la marcha tuvimos que morderse las ansias, guardar compostura, mantener la autoridad moral frente a jóvenes que ya no obedecían órdenes, sino sueños compartidos.

Dormí bajo un cielo lleno de estrellas, con el cuerpo rendido y el espíritu encendido.

Cierre: 209 kilómetros después

La DFS anotó que llevábamos 209 kilómetros recorridos desde Saltillo. Para ellos, un número. Para mí, una transformación.

El séptimo día terminó con la certeza de que la marcha ya no era protesta: era creación. Era universidad caminando. Era país pensándose. Era dignidad en movimiento.

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