18 de abril de 1984 — Cuarto día de marcha, Miércoles Santo. “La carretera era asfalto y algo más. Era escuela” … La ciudad… vivía para sí misma. Fría. Egoísta. Ajena a los 300 quijotes que, a unos kilómetros, se jugaban el pellejo.
VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz
Cuarto día y vamos de gane, decíamos. Pero la victoria aún no llegaba. La carretera era asfalto y algo más: era vida y muerte, era futuro que se alargaba, era utopía que se resistía a morir. La madrugada tenía una dimensión distinta en el llano. La vida urbana la encarcelaba; el campo la liberaba. Aire fresco, canto de gallos, café negro para despabilarse, y el balance de las jornadas anteriores. Sabría Dios cuántos aguantarían los 30 kilómetros diarios durante 30 días.
No había optimismo, pero tampoco se valía claudicar. Los mineros de Nueva Rosita habían aguantado. Nosotros, ¿por qué no? Y en ese amanecer frío, mientras el café raspaba la garganta, la memoria se abría paso como si también marchara con nosotros.
Recordábamos —porque recordar también es resistir— las batallas que nos habían formado. La Lucha Estudiantil por la Autonomía Universitaria de 1973, por ejemplo: aquella sacudida que convirtió a toda una generación en militantes improvisados. Yo, estudiante de Arquitectura, repartía volantes por todo Saltillo, explicando por qué la universidad debía ser de los estudiantes y no del gobierno.
Aprendimos a organizarnos, a hablar con desconocidos, a correr cuando era necesario, a no bajar la mirada ante los guachos. Ahí empezó todo: la conciencia, la rebeldía, la certeza de que la dignidad no se mendiga.
Eulalio Gutiérrez Treviño, el Gobernador aliado de la Autonomía Universitaria
Y en medio de esa efervescencia apareció una figura inesperada: el gobernador Eulalio Gutiérrez Treviño. No como adversario. No como censor. No como muro. Sino como puente.
En tiempos donde la autoridad solía responder con toletes, silencios o maniobras, Eulalio hizo algo que pocos gobernantes se atreven a hacer: escuchó. Escuchó a los jóvenes, sus reclamos, sus aspiraciones, su terquedad luminosa. Y el 3 de abril de 1973, cuando el Comité de Lucha esperaba una respuesta fría o burocrática, llegó un documento que sorprendió a todos: una carta clara, directa, donde el gobernador se comprometía a enviar al Congreso del Estado una iniciativa de ley para garantizar la Autonomía Universitaria.
No era un gesto menor. Era un acto político de altura. Un reconocimiento explícito de que la universidad debía gobernarse a sí misma, sin injerencias, sin tutelas, sin manos invisibles moviendo los hilos.
Eulalio entendió algo que muchos no entendieron antes ni después: que la autonomía no es concesión, sino derecho; que la universidad no es un apéndice del poder, sino su conciencia crítica; que escuchar a los estudiantes no debilita al Estado: lo fortalece.
Su respuesta no fue tibia ni evasiva. Fue precisa: reformar la Constitución local, eliminar la Junta de Gobierno, elevar a rango constitucional el autogobierno universitario. Era, en términos prácticos, ceder poder. Y pocos en el poder están dispuestos a hacerlo.
Por eso su gesto quedó grabado en la memoria de quienes marcharon, lucharon y soñaron con una universidad libre. Porque en un momento donde la represión era la salida fácil, él eligió la vía difícil: la del diálogo, la de la sensibilidad política, la del respeto a la inteligencia colectiva.
Cuando en la marcha recordábamos 1973, no recordábamos sólo la toma de escuelas, los volantes, las asambleas interminables. Recordábamos también ese documento firmado con tinta oficial, donde un gobernador decidió ponerse del lado correcto de la historia.
El movimiento en Cinsa–Cifunsa y el papel de Salvador Alcázar
Las huelgas en Cinsa–Cifunsa de 1974 no fueron simples paros laborales: fueron un terremoto moral en el corazón industrial de Coahuila. Ahí, en esas plantas donde el acero se fundía a temperaturas imposibles, también se templaba la dignidad obrera. Los trabajadores se enfrentaron a una estructura empresarial que no toleraba la disidencia y a un aparato gubernamental que prefería la obediencia al diálogo.
Fueron días y noches enteras afuera de las plantas, con guardias que parecían eternas, con amenazas veladas y abiertas, con despidos que buscaban quebrar el ánimo colectivo, con listas negras que pretendían borrar vidas enteras de un plumazo. Pero también fueron días de solidaridad profunda: ollas comunes que alimentaban más que el estómago, brigadas estudiantiles que llegaban con volantes y café, colonias enteras que se organizaban para apoyar a los obreros como si fueran familia.
En el centro de esa lucha estaba Salvador Alcázar, un dirigente sindical que no se escondía detrás de discursos ni de oficinas. Alcázar caminaba entre los trabajadores, hablaba con ellos, escuchaba, organizaba, sostenía. Tenía esa mezcla rara de firmeza y serenidad que distingue a los líderes auténticos. No era un agitador: era un constructor. No buscaba protagonismo: buscaba justicia.
Su liderazgo fue decisivo. Cuando la empresa endureció su postura, Alcázar mantuvo la calma estratégica. Cuando el gobierno intentó dividir, él unió. Cuando el miedo rondaba, él recordaba que la dignidad no se negocia.
Bajo su conducción, el movimiento no sólo resistió: creció. Creció en conciencia, en organización, en claridad política. Creció en la convicción de que la clase obrera no sólo produce acero: produce conciencia, produce historia, produce país.
Las huelgas en Cinsa-Cifunsa también estaban ahí, como cicatrices colectivas. Fueron luchas duras, de obreros que se enfrentaron a una estructura empresarial y gubernamental que no toleraba la disidencia. Jornadas enteras afuera de las plantas, guardias nocturnas, amenazas, despidos, listas negras. Pero también solidaridad, ollas comunes, brigadas estudiantiles, colonias enteras apoyando a los trabajadores. Ahí aprendimos que la clase obrera no sólo produce acero: produce conciencia.
Por eso, cuando en la marcha recordábamos Cinsa–Cifunsa, no recordábamos sólo las fogatas, los turnos de guardia o los portones cerrados. Recordábamos a Salvador Alcázar, de pie, firme, con esa mirada que decía sin decirlo: “Aquí no se rinde nadie.”
Eleazar Valdez y la Tendencia democrática del SUTERM
Y cómo olvidar a Eleazar Valdez, rostro moral de la Tendencia Democrática del SUTERM. Eleazar no era sólo un dirigente: era una brújula. Caminaba como si cargara un país entero en la espalda. No hablaba fuerte, pero hablaba hondo. No presumía valentía, pero la ejercía. No pedía permiso, pero tampoco pedía perdón.
Cuando la Tendencia Democrática decidió enfrentarse al charrismo eléctrico en 1975 —esa maquinaria aceitada con miedo y complicidades—, Eleazar fue de los primeros en ponerse al frente. Y pagó el precio: despido, persecución, hostigamiento, listas negras. Pero no se dobló. Ni un milímetro.
Para muchos de nosotros, Eleazar fue escuela: escuela de dignidad, escuela de consecuencia, escuela de no venderse, no rendirse, no claudicar.
Por eso, en ese cuarto día de la marcha, cuando el cansancio mordía los talones y la carretera parecía interminable, su nombre no era recuerdo: era combustible. Era advertencia. Era compromiso.
Las otras batallas
Luego venían los trompos con los guachos en la juventud, esos juegos que no eran juegos: eran los primeros choques con la autoridad armada, los primeros ensayos de desobediencia. Ahí uno aprendía a medir el miedo, a correr rápido, a esconderse mejor, a no dejarse.
También estaba el brazo de pítcher, ese que servía para regresarle a los judiciales sus propias bombas lacrimógenas. No era metáfora: era literal. En más de una manifestación, cuando la policía aventaba gas, había que tener puntería para regresarlo antes de que explotara. Era defensa propia, era dignidad, era la pedagogía del asfalto.
En búsqueda de un Dialogo que no llegaba
Por la mañana, de acuerdo con Catón, nos regresamos a Saltillo: Virgilio, Charles y yo. Daríamos una conferencia de prensa, coordinaríamos la solidaridad de los grupos de apoyo, y buscaríamos hablar con el gobernador para que concertara una cita con nuestros obstinados adversarios.
En el camino de regreso, desde San Rafael a Saltillo, me venían a la mente las caras, la desesperación, la sed, las llagas de mujeres y hombres dispuestos a jugarse la vida. Pensaba —torpemente— que Saltillo estaría encendido de indignación. Vaya sorpresa: la ciudad seguía su vida tranquila. Más que nunca.
El indio de la rotonda apuntaba al mismo lugar. Los semáforos seguían desincronizados. Los carros de paletas sonaban igual. La plaza Acuña bostezaba. La radio marcaba la hora del Ángelus.
La ciudad vivía. Pero vivía para sí misma. Fría. Egoísta. Ajena a los 300 quijotes que, a unos kilómetros, se jugaban el pellejo.
Hablamos con los periodistas que pudimos. El gobernador no había ido a trabajar. A los Días Santos les había agregado el miércoles. Me compré un yogurt y dos hamburguesas de soya. Era lo más cercano a un consuelo. Nos reintegramos a la marcha. Y ahí empezó el verdadero día.
Alcanzamos a la columna en un entronque polvoso. Bastaron cuatro horas lejos para que aquello se convirtiera en un desmadre: aclaraciones, discusiones, amagos, reclamos. La marcha era una criatura viva: si la dejabas sola, se desordenaba; si la apretabas demasiado, se rompía.
Y como si el caos necesitara confirmación, llegaron los automovilistas. Desde el kilómetro siete, los traileros y conductores desesperados querían rebasar la columna como si fuéramos estorbo, no movimiento. Virgilio y Charles se distinguieron defendiendo a la marcha. El Zeta, con su estilo suave, intentaba convencerlos:
—Por eso, papacito… ahorita pasas, mi rey. Espérate, ¿para qué te enojas, papá?
Pero cuando la diplomacia fracasaba, entraba Pinales con su método vernáculo:
—¡Métete al carril, hijo de la chingada! ¡Por eso, cabrón, a dónde vas! ¡Que te esperes, hijo de tu…! Y sí: la seguridad mejoró. La dignidad también se grita.
Tolvanera y lluvia en medio de la carretera
La tarde nos agarró desprevenidos: primero una tolvanera. Pero decir “tolvanera” es decir casi nada. Aquello fue una bestia.
El viento empezó como un murmullo, un silbido que se colaba entre los dientes. Luego se levantó con furia, como si alguien hubiera destapado de golpe un costal de tierra acumulada por siglos.
En cuestión de minutos, el horizonte desapareció. No había cielo, no había carretera, no había marcha. Sólo un torbellino café que nos envolvía como un castigo antiguo.
El polvo entraba por todos lados: boca, nariz, orejas, ojos, nalgas, alma. Uno respiraba tierra. Uno tragaba tierra. Uno era tierra.
Los pañuelos no servían. Las camisetas tampoco. Los lentes se llenaban de lodo seco. Los ojos ardían como si los hubieran tallado con lija. La columna se desordenó: unos se agachaban, otros se cubrían la cara, otros avanzaban a tientas, como ciegos recién estrenados.
Y así estuvimos casi tres horas. Tres horas que parecieron tres días. El viento empujaba hacia atrás, como si quisiera regresarnos a Saltillo a la fuerza. Cada paso era una pelea. Cada metro, una victoria mínima. Los más flacos se tambaleaban. Los más cansados se detenían. Los más tercos seguían, aunque fuera arrastrando los pies.
Y cuando parecía que ya no podía ponerse peor, se puso peor. La lluvia cayó de golpe, sin aviso, como si el cielo hubiera decidido rematar lo que la tierra había empezado. No era lluvia fina: eran agujas. Golpeaban la piel, el asfalto, las mochilas, los tambos de agua, los carros de apoyo. En segundos, el polvo se volvió lodo. Y el lodo, zoquete. Y el zoquete, trampa.
Qué de pinche zoquete levantamos. Los tenis se hundían. Las botas se resbalaban. Cada paso era un sonido viscoso, como si la tierra quisiera tragarse nuestros pies. Algunos cayeron. Otros se atoraron. Otros avanzaban con las piernas abiertas, como si caminaran sobre jabón.
La carretera se volvió un campo de batalla sin enemigo visible. El enemigo era el clima. El enemigo era el cansancio. El enemigo era la duda. Pero nadie se rindió.
Los de avanzada regresaron empapados, irreconocibles, con la ropa pegada al cuerpo como piel prestada. Los de atrás gritaban para no perderse. Los carros de apoyo avanzaban a vuelta de rueda, patinando, escupiendo lodo. Los banderines se doblaban como si quisieran arrancarse del palo. Y, aun así, la marcha siguió.
Tres horas de polvo, lluvia y zoquete. Tres horas donde el cuerpo dejó de ser cuerpo y se volvió pura voluntad. Tres horas donde entendimos que la carretera no sólo enseña: también prueba, castiga, desnuda.
Cuando por fin la tormenta cedió, no éramos los mismos. Estábamos cubiertos de tierra, empapados, cansados, pero enteros. Más enteros que antes. Porque hay tormentas que no vienen a destruirte. Vienen a preguntarte si de verdad quieres llegar.
Y como si el día necesitara un último giro, aparecieron los porros disfrazados. O eso creímos.
Los de avanzada regresaron alarmados: una combi blanca, dos kilómetros adentro de la sierra. Sospechosa. Demasiado sospechosa. Definimos estrategia como si fuéramos guerrilla improvisada: Juan de Dios, la Flaca y el Torreón por el camino vecinal; Virgilio y yo por la carretera.
Los interceptamos. No eran porros: eran tres empleados de la universidad enviados a “recabar información”. Les quitamos la combi, les explicamos la lucha, y los mandamos de regreso en camión. El Torreón quiso mancharse, pero lo detuvimos.
La combi fue dada de alta como ambulancia rudimentaria. La revolución también improvisa.
Acampamos en San Roberto. El comisario ejidal nos prestó la escuelita. Ante el temor de agresión, redoblamos vigilancia. En la noche llegó un camión con estudiantes de Torreón. La marcha crecía. La marcha respiraba.
Los de Químicas se apartaban. No se integraban plenamente. Hacían lo que podían y lo que su formación ideológica les permitía.
Después de cenar, el Chundo contaba la morralla del boteo mentando madres. Julián y el Kaliman, al frente; Paquito y el San Pedro atrás: los mejores. Sesenta mil pesos diarios en promedio. Nuestra principal fuente de abastecimiento.
Los de enfermería me desenredaron los nervios del empeine. El cuerpo ya no era cuerpo: era herramienta. Y herramienta cansada.
A estas alturas, los calambres eran parte del paisaje. Pero también los milagros. Marco, compañero de Arquitectura, aseguraba que todas sus enfermedades habían desaparecido como por encanto. El aire puro y el ejercicio —hasta entonces nunca cotidiano— le habían devuelto la salud. Muchos marchistas superaron problemas respiratorios, cardiovasculares y el color telegrama que traían en la piel. La marcha también era medicina.
Y estaban los “turistas”: compañeros que llegaban en sus autos, caminaban unos metros y se regresaban felices de “haber participado”. La revolución también tiene sus visitantes de fin de semana.
Mario, de Enfermería, estaba “hasta la madre” de los olores de pies. Exigió que parte del boteo se destinara a productos del Dr. Scholl.
El Tío Gamboín —Lupe, masajista autodidacta— se volvió famoso por sus agasajadas a pantorrillas y piernas. No discriminaba género. Y santo remedio: los calambres bajaron. Sólo uno que otro incauto cayó literalmente en sus manos.
Después de las exitosas “expropiaciones” de vehículos de la UAC, los centinelas quisieron ampliar el “botín de guerra”. Pero llegaron los chascos. El primero: confundieron a un ganadero y su pick up blanca con un funcionario universitario.
El segundo: en una operación nocturna bautizada como “La noche de las arañas y las espinas”, sometieron a humildes trabajadores de la CFE que hacían un levantamiento topográfico. Las camionetas no tenían logotipo. El pecado: ser blancas.
Cuando la marcha ya había avanzado 150 kilómetros, llegó Catón. Desesperado por la lentitud de la burocracia federal. Lo malo: venía con pantalón de mezclilla nuevecito. Lo más seguro: le rozó toda la parte de la espalda donde el cuerpo pierde su casto nombre.
En esa zona, adelante de San Roberto, el agua se obtenía de pozos de noria. Helada por las noches. Pero unos cuantos valientes se dieron un baño desodorante y vivificador. La marcha también se baña. Aunque sea con agua de piedra.
Camilo Torres, el impresor de la marcha:
“Mientras otros caminaban, yo imprimía la dignidad. En 1984 tenía 28 años y diez de andar organizando movimientos sindicales. Llegué a la Universidad Autónoma de Coahuila seis meses antes de la marcha. Entré a Arquitectura como trabajador meritorio, pero no tardé en integrarme: primero apoyando a los estudiantes, luego en las colonias, después en la campaña de Jaime, y finalmente en la marcha.
“Desde el principio me hice cargo de conseguir materiales para dibujar, ilustrar e imprimir. Me iba a Monterrey por papeles, escuadras, reglas, estilógrafos, navajas. Compraba al mayoreo con dinero de la escuela y los vendía más baratos que en las papelerías de Saltillo. Solo les cargábamos un dos por ciento para cubrir el transporte. Era economía solidaria, no negocio.
“Durante la campaña de Jaime me encargué de repartir el Estatuto y de imprimir los volantes. Por eso el primer día de la marcha no salí de la plaza como todos los demás. Me fui a conseguir papel, tinta, un mimeógrafo y esténciles. Mientras ellos caminaban, yo imprimía la dignidad.”
Los primeros cuatro días nos los pasamos comiendo tortas, lonches y refrescos. Al principio fue rico: llegaban cajas de cartón llenas de tortas, hasta calientitas. Eso nos consoló, porque la primera noche fue helada. El segundo día igual: tortas y lonches, aunque los de la noche ya llegaban aguados.
Al filo de la segunda noche empezó la depresión: por la comida y por los problemas para controlar el tráfico. Tuvimos enfrentamientos con traileros y automovilistas que querían rebasar la columna. A pedradas en la carrocería y los parabrisas los tuvimos que parar. También empezaron las divisiones internas: catonistas y jaimistas. Unos decían una cosa, otros otra. Unos querían ir primero, otros decíamos que no.
Entre grupo y grupo había desacuerdos. Incluso al interior de los contingentes. Los de Economía, por ejemplo, hacían asambleas para todo: para decidir si comían lo que había o iban a Saltillo; para ver dónde dormir; para decidir quién se quedaba cerca o lejos del Gari, que roncaba como tractor; para ver quién se integraba a qué comisión. Padecían asambleitis. Y no solo ellos.
Al tercer día ya nadie quería ni tortas ni lonches. Pero como no había otra cosa, ni modo. Algunos se conformaron con refrescos y golosinas. Todavía íbamos con el entusiasmo de la novedad, caminando para saber quién era quién, enterándonos de lo que salía en los periódicos y en la radio.
Al cuarto día se echó a andar la cocina. Entonces llegaron las papas con huevo y frijolitos al almuerzo. A la comida, huevo con papas, con pan o tortillas. Y en la noche, papas a güevo.
Así fue nuestra marcha: Entre mimeógrafos y papas. Entre esténciles y frijoles. Entre volantes y ampollas. No todos caminamos con los pies. Algunos caminamos con las manos, imprimiendo la memoria.
Reflexiones nocturnas del cuarto día
Ese día entendimos que la carretera no era camino: era maestro. Que el cuerpo no era límite: era territorio. Que el Estado no era sordo: era indiferente. Y que la utopía no era destino: era compañera de marcha.
Pero la noche —esa vieja conspiradora— nos reveló lo que el día ocultaba. Cuando el último fogón se apagó y la columna se desparramó en la escuelita de San Roberto como ejército derrotado, la oscuridad se acercó sin hacer ruido. No venía a darnos consuelo. Venía a cobrarnos la factura de la dignidad.
La noche no era descanso: era interrogatorio. Ahí, en ese silencio que parecía un animal agazapado, uno revisaba el día como quien revisa un expediente clandestino: los errores que mañana no podían repetirse, las decisiones que se tomaron tarde, las que se evitaron por miedo, las que dolían pero eran necesarias, las que sólo la oscuridad tenía el valor de nombrar.
La noche era radical porque no mentía. No tenía partido, ni rector, ni gobernador.
No obedecía a nadie. Nos quería despiertos, aunque estuviéramos muertos de cansancio.
A veces salía a ver la carretera. De día era verdugo; de noche, insurrecta. Una línea negra que se perdía en la nada, como si nos dijera: “mañana sigo aquí… si ustedes siguen aquí”.
Y uno entendía que la marcha no era protesta: era ruptura. No era reclamo: era desafío. No era caminata: era insurrección lenta, paciente, testaruda.
La noche nos enseñaba que la dignidad no se negocia. Que la rabia, cuando se enfría, se vuelve estrategia. Que el miedo, cuando se enfrenta, pierde rango. Que la esperanza, cuando se comparte, deja de ser consuelo y se vuelve arma.
El cuarto día terminó. La oscuridad nos abrazó sin ternura, sin permiso, sin piedad.
Y, aun así —o precisamente por eso— la dignidad siguió andando, cojeando, sangrando, pero indomable.
Porque en esa marcha aprendimos que la noche no es el final del día: es el principio de la rebelión.






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