Días del 3 al 17 de abril de 1984… A las 7:15, según el ojo vigilante de la DFS, “se reanudó la marcha de 150 personas…» hay batallas que se pierden si uno deja de caminar.

VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

Martes de Pascua: maicena, rabietas burguesas y la sombra de la DFS.

A las seis de la mañana, cuando el frío muerde sin pedir permiso y el monte todavía no decide si amanecer, escuché la voz temblorosa de El Tívoli Montañés. Su nombre verdadero: Luis Adolfo Montañez Narro.

En aquel tiempo, estudiante universitario, parte de las filas de apoyo a Catón. Hoy, un profesional respetado, dedicado a la educación pública en Saltillo. Pero en 1984 era otra cosa: era la contradicción hecha persona, el burgués que se rebelaba contra su propio espejo.

Con los dientes chocando como matracas y el alma hecha nudo, gritó:

—“¡Yo qué chingaos hago aquí, si soy burgués!”

Y ahí estaba: el burgués más digno del proletariado, el más quejumbroso de los valientes, el más frágil de los imprescindibles.

Porque la marcha —esa maestra severa— no pedía pureza ideológica. Pedía entrega. Y Luis Adolfo, sin saberlo, ya estaba pagando su cuota de redención.

El tufo colectivo era ya una leyenda ambulante. El pelo duro como piedra. Los paliacates, más que símbolo, eran herramienta para domar la pelambrera. Café negro con pan y a seguirle.

A las 7:15, según el ojo vigilante de la DFS, “se reanudó la marcha de 150 personas… en su mayoría estudiantes del Comité Prodignificación de la UAC y colonos del PST y PSUM”. Ellos lo escribían como quien registra ganado. Nosotros lo vivíamos como quien defiende la vida.

Camino, heridas y dudas

Quince kilómetros adelante, un ranchito nos abrió puertas y baños. Las mujeres agradecieron. Las brigadas iban y venían de Saltillo. Comida había: lonches, naranjas, cobijas.

Lo que faltaba era piel en los pies. Las ampollas ardían como brasas. Cuando reventaban, la sangre y los calcetines se mezclaban en una receta dolorosa que terminaba en pus y costras. Descubrimos la maicena como aliada.

Zenia, estudiante de Enfermería, sobaba músculos tensos y piernas acalambradas.

La marcha también era hospital, también era escuela, también era casa.

Mientras nosotros curábamos pies, la DFS anotaba que “los marchistas invaden los dos carriles… deteniendo a los conductores para pedir ayuda económica”. Ellos veían caos. Nosotros veíamos solidaridad.

San Rafael: polvo, bufandas y dignidad

Casi de noche llegamos a San Rafael. Los campesinos nos prestaron un galerón. Algunos se bañaron.

La esposa de Catón, energía inagotable, dirigía el apoyo logístico como si organizara una revolución doméstica. Me llevó una bufanda. Mis bronquios lo agradecieron. En medio del polvo, los gestos pequeños eran monumentales.

La DFS, desde su torre de vigilancia, reportaba que “los aproximadamente 160 estudiantes continúan su marcha pacíficamente”. Pacíficamente, sí. Pero por dentro nos estaba llevando la chingada.

Linares: el teléfono, la bronca y la sombra de la DFS

Ya entrada la noche viajé con una brigada a Linares Nuevo León para hablar con Catón. Nada. Las autoridades cerradas. Valeriano firme.

Y ahí apareció él: Berrier, el agente de Gobernación asignado a fastidiar todo lo que pudiera. La sombra con credencial. El burócrata del hostigamiento. Llegó antes que nosotros a la caseta telefónica.

Le ordenó al operador que no nos tramitara llamadas. No lo logró. Pero dejó claro su oficio: entorpecer, provocar, desgastar. Era un soldado del “no se puede”. Un especialista en poner piedras en el camino ajeno. Un pequeño tirano de pasillo gubernamental.

Hubo empujones, reclamaciones y una conclusión colectiva que salió del alma:

—“Por eso los contratan, por ojetes.”

Mientras tanto, en su informe, la DFS escribía con la frialdad de un bisturí: “No se han registrado incidentes.” Claro. Para ellos, la dignidad no cuenta como incidente.

Regreso al campamento: rabia, fragilidad y fogatas

Al volver, encontramos al Mexicano con un palo en la mano buscando a Sosa porque creía que se había robado unos jugos. Aclaramos. No pasó a mayores. Pero el coraje ya se había soltado. La fragilidad también. La marcha no solo era política: era humana. Y lo humano duele.

Las fogatas iluminaron la noche. El fuego no calentaba mucho, pero sostenía el espíritu. Algunos cantaban. Otros lloraban en silencio. Otros simplemente miraban el horizonte, como si allá adelante estuviera el país que queríamos.

La DFS, desde su mundo de sellos y máquinas de escribir, anotaba que “pernoctarán en el Poblado de La Paz… y reanudarán su marcha a las 7:00 horas”.

Ellos contaban kilómetros. Nosotros contábamos ampollas, dudas, esperanzas.

El Tívoli, la contradicción que camina

Esa noche, mientras el viento se colaba entre las cobijas, pensé en Luis Adolfo Montañez Narro. En su rabieta burguesa. En su terquedad para seguir. En su forma de convertir la queja en impulso.

Era la prueba viviente de que la dignidad no tiene clase social. Que la conciencia llega por caminos misteriosos. Que a veces los más frágiles son los que sostienen la historia.

Cierre: las preguntas que uno se hace cuando el llano te desnuda

Y cuando la noche cayó sobre el campamento, cuando las fogatas ya no calentaban, pero seguían alumbrando, me quedé mirando el llano. Ese llano que no perdona, que no consuela, que no responde.

Y ahí, en ese silencio que corta, empezaron las preguntas que uno no dice en voz alta porque teme que se escapen y se vuelvan verdad.

¿De veras podremos llegar? ¿De veras servirá de algo? ¿De veras vale la pena este dolor que no se ve, este cansancio que no se dice, esta rabia que se guarda para no quebrar al compañero de al lado? ¿De veras soy yo el que debe estar aquí? ¿De veras tengo con qué? ¿De veras aguanto otro día? ¿De veras aguanto otro paso?

El llano no respondió. El viento tampoco. Las estrellas, menos. Y entonces entendí que la respuesta no venía de afuera. Que la respuesta era uno mismo. Que la marcha no era un camino: era un espejo. Y que en ese espejo uno se ve sin adornos, sin discursos, sin títulos, sin historia. Solo uno. Con sus pies rotos, su terquedad intacta y su dignidad a prueba.

Ahí, en medio del llano, me dije —sin voz, sin gesto, sin testigos— que no podía rendirme. Que no podía fallarle a los que venían atrás, ni a los que venían adelante, ni a los que ya no podían caminar. Que no podía fallarme a mí mismo.

Que si el país estaba roto, alguien tenía que caminarlo para volver a nombrarlo. Que si la universidad estaba secuestrada, alguien tenía que abrirle camino a la verdad. Que si la dignidad estaba herida, alguien tenía que cargarla, aunque pesara más que la mochila.

Y así, sin épica, sin aplausos, sin discursos, asumí el reto. No como héroe —que no lo era—, sino como hombre que sabe que hay batallas que se pierden si uno deja de caminar.

Seguir, aunque por dentro te estuviera llevando la chingada. Seguir, aunque la DFS vigilara. Seguir, aunque Berrier jodiera. Seguir, aunque el país pareciera sordo. Seguir, porque detenerse era aceptar que tenían razón los que querían vernos cansados, divididos, derrotados. Seguir, porque la marcha no era solo protesta. Era destino. Era memoria. Era futuro.

Y así, con las preguntas todavía ardiendo, con el llano como testigo y con la noche como manta, me acosté sabiendo que al amanecer habría que volver a hacerlo:

poner un pie delante del otro

y caminar

hasta que el país despertara.

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