Con las imágenes recreadas de mis dos carteles para que, quien lea, pueda ver lo que estos diseños significaron en su momento.

VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

Dicen que el desierto no está hecho de arena, sino de silencios. Y yo, que llegué a Saltillo a estudiar Arquitectura porque en Torreón no existía esa carrera, aprendí pronto que esos silencios también enseñan.

Tenía 18 años. Pero la edad no importa cuando uno está aprendiendo a escuchar.

Ganaba ochocientos pesos al mes como dibujante en Catastro, en la esquina donde Obregón y Victoria se cruzan como dos caminos que no saben si se encuentran o se despiden.

Ahí, entre planos y tinta, descubrí que un lápiz puede ser brújula, machete o espejo. Pero no caminaba solo. En el desierto nadie camina solo.

En lo conceptual, me acompañaba mi tío y guía, Rodolfo Veloz Bañuelos. Con él discutía lo que no cabía en los periódicos: la herida detrás de la estadística, la injusticia que se esconde en los números, la necesidad de ponerle rostro a lo que el Estado prefería mantener en silencio.

Rodolfo era —como diría el Subcomandante Marcos— uno de esos maestros que no se presentan como maestros, pero que te enseñan a mirar el mundo con otros ojos. Él me enseñó que antes de dibujar, hay que escuchar.

En lo técnico, en el trazo y la composición, me acompañaba Marco Antonio Orta Rodríguez, entonces casi pasante de Arquitectura y mi jefe inmediato en Catastro.

Con él aprendí que el diseño también es ética: que cada línea tiene un porqué, que cada vacío dice algo, que cada decisión visual es una toma de posición.

Orta, que después sería un referente de la arquitectura en Saltillo, me enseñó que un cartel no solo se ve: se sostiene.

El llamado del desierto

Un día, escuché que buscaban carteles. No era un concurso: era un llamado. El desierto habla así, disfrazado de convocatoria oficial.

Tomé un lápiz. Tomé aire. Y dibujé cuatro rostros de niños. Tres blancos. Uno gris. No era un dibujo: era una grieta. Una grieta por donde se asomaba la verdad: uno de cada cuatro niños no iba a la escuela. A ese cartel lo llamé El Cuarto Coahuilense.

Hoy incluyo aquí la imagen recreada, para que quien lea pueda ver lo que yo vi entonces: la estadística convertida en rostro, la denuncia convertida en silencio que duele, la infancia convertida en espejo. Ganó el primer lugar.

Pero los premios no importan cuando uno dibuja para que el silencio deje de ser silencio. El desierto, sin embargo, no había terminado de hablarme. Pidió otra imagen. Otra herida. Otro espejo.

Así nació Vencimos al Desierto. No como un triunfo, sino como un reconocimiento.

Porque aquí, donde el sol cae como sentencia, la gente aprendió a levantar ciudades con las manos, con la terquedad, con la esperanza que no se rinde, aunque el horizonte parezca infinito.

Ese cartel obtuvo el tercer lugar. Y hoy también incluyo aquí su imagen recreada, para que quien lea pueda ver lo que yo entendí entonces: que vencer al desierto no es una victoria, es una forma de escuchar.

Entre ambos premios junté 4,500 pesos, más de cinco meses de mi salario. Pero aquello no era dinero: era un puente. Con ese puente compré materiales y una grabadora que tragaba casetes y devolvía canciones que me acompañaban mientras dibujaba planos que parecían mapas hacia un futuro que aún no sabía pronunciar.

Dicen que en La Laguna uno no nace: se levanta. Y yo me levanté así: con tinta en las manos, con música en la madrugada, con Rodolfo sembrándome preguntas, con Orta afinando mis líneas, con el desierto susurrándome al oído, y con la certeza de que un dibujo puede ser un acto de rebeldía.

Hoy, cuando el viento vuelve a mover el polvo, cierro los ojos y escucho. El desierto sigue ahí, diciendo mi nombre en voz baja. Recordándome que aquel muchacho de 18 años no dibujó dos carteles: dibujó su destino. Porque vencer al desierto no es una victoria. Es una forma de escuchar.

Lo que significa ser lagunero

Y antes de terminar, déjame decir algo que no cabe en los carteles, ni en los premios, ni en las recreaciones que hoy comparto para que quien lea pueda ver lo que yo vi a los 18 años.

Ser lagunero no es un gentilicio. Es una forma de estar parado en el mundo. Ser lagunero es saber que el desierto no se vence: se negocia con él. Es entender que el sol no perdona, pero tampoco miente. Es caminar con la espalda recta, aunque el viento venga de frente. Es cargar con la historia de quienes hicieron brotar agua donde solo había polvo, y hacerlo sin presumirlo, porque acá la soberbia se seca más rápido que la tierra.

Ser lagunero es levantarse temprano no por disciplina, sino porque el horizonte llama. Es hablar fuerte, reír fuerte, trabajar fuerte, querer fuerte. Es desconfiar de los discursos, pero creer en las manos. Es saber que la esperanza no es un sentimiento: es una herramienta.

Ser lagunero es mirar el desierto y decirle: “Yo también soy terco”. Es recordar que aquí nadie nace solo: nos levantamos entre todos, como quien empuja una puerta pesada que no se abre si no se empuja en colectivo.

Ser lagunero es llevar en la piel el polvo, en la voz el viento, y en la memoria el agua que costó sangre. Es no olvidar que venimos de gente que convirtió la nada en algo, y el algo en casa.

Por eso, cuando cierro los ojos y escucho al desierto decir mi nombre, entiendo que no me habla solo a mí. Habla a todos los que nacimos —o nos levantamos— en La Laguna. A todos los que sabemos que este lugar no es un territorio: es una manera de resistir.

Y entonces lo comprendo: que aquellos dos carteles que dibujé a los 18 años no eran solo denuncia ni celebración. Eran, sin que yo lo supiera, un acto de identidad.

Porque ser lagunero es eso: dibujar tu destino en la arena, sabiendo que el viento lo borrará, pero también sabiendo que mañana lo volverás a dibujar.

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