Hay padres que afrontan terribles diagnósticos en la salud sus hijos con una valentía admirable y sin tener grados académicos en salud mental.

Por: Lizbeth Morales Torres

Cuando recibí el diagnóstico de autismo de mi hijo, sentí que el mundo se detenía por un momento. No porque el amor cambiara (ese es inquebrantable) sino porque, como madre, mi mente se llenó de preguntas que ningún libro me había respondido antes.

A mis 38 años, he recorrido las aulas de la psicología, la danza folklórica, las matemáticas y la neuropsicología; hoy curso un doctorado en educación especial, pero en ese instante comprendí algo profundamente humano: no existe un manual para criar a nuestros hijos.

Antes de ser profesionista, soy persona. Soy madre. Y como cualquier ser humano, sentí miedo. Un miedo genuino de no saber si el mundo sería justo con él, si lo comprenderían o si la sociedad vería su valor real por encima de su diferencia. Lloré.

Y quiero decir esto con total transparencia: llorar no es capacitismo, es humanidad. El duelo que muchas familias viven no nace de la falta de aceptación, sino del deseo profundo de que nada en este mundo les haga daño.

¿Quién, como padre o madre, no quiere lo mejor para sus hijos? Cuando llega un diagnóstico y el desconocimiento te abraza, la tristeza y la desesperación son reacciones naturales. He visto a padres afrontar esto con una valentía admirable sin tener grados académicos en salud mental, porque el amor no entiende de títulos, sino de entrega.

No debemos juzgar el dolor ajeno; cada proceso es único y cada lágrima es una muestra de la magnitud de nuestro compromiso.

Con el tiempo, comprendí que ese sentimiento se transforma en acción: en terapias, en defensa de derechos y en esperanza. Por esa razón nació la Asociación Centro TEApoyo. Porque creemos que, si cada persona aporta un granito de arena desde la empatía, podemos construir una sociedad justa y compasiva.

Sabemos que hay gente buena y mala, pero el amor y las acciones que realizamos por nuestros hijos valen más que cualquier prejuicio. Nuestros hijos no necesitan un mundo perfecto; necesitan un mundo que los mire, como nosotros, con transparencia y amor al prójimo.

«He dedicado mi vida a estudiar la mente y el arte, pero fue el diagnóstico de mi hijo el que me enseñó el lenguaje que no viene en los libros: el de la valentía sin manual. En Centro TEApoyo, no solo compartimos ciencia, compartimos el camino. Y tú, ¿te unes a construir un mundo donde la diferencia sea abrazada con amor?»

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