Día Quinto | 19 de abril … El día en que un camión no trajo víveres: trajo historia.
VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz
Dicen que el camino enseña. No es cierto. El camino desnuda. Y ese 19 de abril, mientras Coahuila bostezaba polvo y silencio, la marcha ya había dejado su firma en los pies, en la espalda, en la memoria.
San Roberto — 6:30 de la mañana.
Despertamos en la escuelita del ejido San Roberto. El frío nos mordía como perro sin dueño. Pero el café campesino —negro, honesto, sin permiso— nos regresó el alma al cuerpo.
Pan, café y dignidad. Desayuno de quienes no tienen más armas que la convicción. A las siete ya caminábamos. El sol todavía dudaba. Nosotros no.
7:30 — La DFS se alarma porque crecemos
Los chotas de la DFS anotaron que éramos 200. Para ellos, todo lo que crece es sospechoso: las marchas, las conciencias, los pueblos, los frijoles.
A esa hora llegaron 25 estudiantes de Saltillo y otros 25 de Torreón. La DFS lo reportó como si hubieran aterrizado naves espaciales. Para nosotros fue simplemente la vida reforzando la vida.
8:00 — El minibús “secuestrado”
La DFS escribió en su informe —con esa solemnidad de burócrata que quiere sonar heroico mientras redacta desde una oficina con aire acondicionado— que “secuestramos un minibús”.
Ellos, tan dramáticos. Nosotros, tan prácticos. Y la verdad, tan distinta. Porque el minibús no venía vacío. Venía cargado de juventud confundida, de muchachos que la Rectoría usurpadora había mandado a un “viaje de estudios” a las playas de Acapulco. Viaje académico, decían. Académico mis botas.
Era la vieja estrategia: comprar simpatías con cocos, mareas y hoteles de tercera. La ciencia al servicio del turismo político.
Los muchachos venían con shorts, lentes oscuros y esa sonrisa de quien cree que la vida es un puente directo entre la escuela y la playa. Cuando vieron la marcha, se quedaron congelados. No por miedo: por vergüenza. Porque en el fondo sabían que ese viaje no era premio, sino soborno. Y que la Universidad no se defiende con bronceador, sino con dignidad.
El minibús se detuvo. Los estudiantes bajaron. No hubo gritos, ni pleitos, ni drama. Solo un silencio incómodo, como cuando uno se da cuenta de que lo estaban usando. Uno de ellos —flaco, pecoso, con cara de que nunca había visto un ejido— dijo:
—Compañeros… creo que este camión sirve más aquí que en Acapulco. Y así fue.
Las enfermeras —esas mujeres que curan con manos de madre y carácter de sargento— lo tomaron como si fuera suyo desde siempre.
—Aquí cabe la camilla —dijo una. —Aquí ponemos el suero —dijo otra. —Aquí va el botiquín —dijo la tercera, que siempre tenía la última palabra.
En menos de diez minutos, el minibús dejó de oler a bloqueador solar y empezó a oler a alcohol, vendas, pomada para calambres y dignidad organizada.
La DFS, desde lejos, anotaba en su libreta: “Los manifestantes han secuestrado un vehículo oficial.” Si hubieran tenido un poco de honestidad —o de humor— habrían escrito: “Los manifestantes han convertido un viaje a Acapulco en un hospital revolucionario.” Pero no. La imaginación nunca ha sido el fuerte de los burócratas.
Mientras tanto, los estudiantes que venían en el minibús se quedaron con nosotros un rato. Ayudaron a bajar cajas, a acomodar mochilas, a repartir agua. Uno de ellos incluso dijo:
—Creo que aquí aprendí más en diez minutos que en todo el semestre.
Y tenía razón.
Dos de ellos —los más despiertos, los más inquietos, los más incómodos con el soborno disfrazado de playa— decidieron quedarse a marchar con nosotros. Se quitaron los lentes oscuros, se pusieron al hombro una mochila ajena y dijeron:
—¿Dónde ayudamos?
El resto, todavía con olor a bronceador y confusión, los subimos a un autobús de línea que venía de México rumbo a Saltillo. Los despedimos con un apretón de manos, con un “cuídense”, con un “gracias por la ayuda sin querer queriendo”. Y ellos, desde la ventanilla, nos hicieron señas como quien se despide de algo que no entiende del todo, pero que sabe que es importante.
El autobús arrancó. El minibús se quedó. Y nosotros seguimos. Porque en la marcha, Jaime, todo se transforma: Los frijoles se vuelven fuerza. Las ampollas se vuelven orgullo. Los vehículos se vuelven trincheras. Y los jóvenes que iban a la playa… se vuelven compañeros.
El minibús, ese pobre inocente, nunca volvió a ser el mismo. Ni nosotros tampoco.
Ni nosotros tampoco.
9:15 — El desayuno como delito federal
La DFS reportó que desayunamos “fruta, café, pan y huevo con chorizo”. Imagino al agente escribiendo indignado: “¡Comieron! ¡Los muy subversivos comieron!”.
Y luego soltaron su joya: “Diariamente reúnen por boteo $50,000.00, existiendo inconformidad porque dicen que es mal utilizado ese dinero.”
Pobres. No podían creer que la gente nos daba dinero porque creía en nosotros. Y tampoco podían creer que con ese dinero comíamos todos, incluso ellos, cuando llegaban con su plato a servirse.
Porque sí: los chotas también comían de nuestra olla. Y la raza, con esa puntería que solo da el barrio, les decía:
—Pásele, jefe… aquí no cobramos mordida, solo compartimos frijoles.
9:20 — Ese día marchó Catón.
Y entonces llegó Catón. No llegó: aterrizó. Como caen los personajes que ya traen escrita su propia leyenda. Con ese paso suyo —mitad académico, mitad trovador, mitad cronista que ya sabe lo que va a contar antes de vivirlo— se acercó a la marcha como quien entra a una casa conocida.
La DFS lo reportó como si hubiera llegado un agitador profesional. Para ellos, todo lo que piensa, escribe o respira con libertad es sospechoso. Pero para nosotros, su llegada fue como si un abuelo con pluma afilada y humor de machete hubiera decidido caminar a nuestro lado.
Porque Catón no era solo el universitario brillante que muchos recordaban de los pasillos de la Narro y de la Autónoma. Era también el escritor que llenaba de ironía fina los periódicos, el columnista que sabía decir verdades envueltas en carcajadas, el esposo que hablaba de su familia con ternura discreta, el padre que cargaba orgullos y preocupaciones en los bolsillos, y el hombre querido en Saltillo, ese Saltillo que lo leía como quien escucha a un amigo sabio en la sobremesa.
Cuando lo vi acercarse, supe que no venía por curiosidad. Venía porque algo en su brújula moral le dijo que ese día, ese camino, esa marcha, eran parte de la historia que él siempre había contado… pero ahora le tocaba caminarla.
Se acomodó el sombrero, sonrió con esa picardía suya que siempre parecía esconder un chiste mejor que el anterior, y me dijo:
—Vengo a caminar contigo, Jaime. Y con la Universidad. Y con la dignidad… aunque la dignidad a veces tenga ampollas.
La frase cayó como piedra en agua quieta. Hizo ondas. Ondas largas. Los estudiantes lo reconocieron. Los maestros lo saludaron con respeto. Los campesinos lo miraron como se mira a alguien que trae verdad en la mirada. Y la marcha, que ya venía cansada, se enderezó tantito. Como si la presencia de Catón hubiera puesto un bastón invisible bajo nuestra columna vertebral. Porque Catón tenía ese don: convertir la realidad en relato, y el relato en fuerza.
Caminó con nosotros sin prisa, sin privilegio, sin distancia. Platicó con los muchachos, preguntó por los heridos, se rio con las cocineras, escuchó a los campesinos, tomó notas mentales que luego serían historia escrita.
Y mientras avanzábamos, pensé: “Hay quienes marchan con botas. Hay quienes marchan con pancartas. Catón marcha con palabras. Y las palabras, cuando son honestas, también caminan.”
Ese día, la marcha ganó un compañero. Y la historia ganó un testigo que sabía mirar con ironía, con cariño y con filo. Catón no solo caminó con nosotros. Nos narró mientras caminábamos. Y eso, Jaime… eso también es una forma de luchar. Y se integró a la marcha como si hubiera nacido en ella.
11:30 — Otro “secuestro” según la DFS
La DFS reportó que “interceptamos una camioneta Ford de tres toneladas”. Así, con palabras grandes, como si hubiéramos detenido un convoy blindado del Pentágono. Ellos, tan exagerados. Nosotros, tan necesitados de transporte. Pero la verdad —la que no cabe en sus reportes mecanografiados con tinta de miedo— era otra.
La camioneta venía regresando de la Ciudad de México rumbo a Saltillo, con el sol pegándole de frente y la caja todavía llena de propaganda de Valeriano Valdés, que se había quedado ahí como testigo mudo de la usurpación universitaria. Volantes, mantas, cartones… la arqueología reciente de un rectorado que confundía la Universidad con una agencia de colocación política.
Cuando la camioneta se detuvo, reconocí al chofer y al acompañante. Eran compañeros del viejo STAMUAC, trabajadores administrativos de los tiempos en que la Universidad todavía tenía sindicatos que caminaban erguidos. Me vieron. Se vieron. Y luego me vieron otra vez.
—Mira, Jimmy… —me dijo el chofer, rascándose la nuca con culpa de niño sorprendido— tú sabes que nosotros solo somos trabajadores. Obedecemos órdenes.
Lo dijo con ese tono que solo tienen los hombres que saben que están cumpliendo órdenes equivocadas, pero que también saben que la vida no siempre da opciones. Nos reímos bajito. La confianza de años atrás volvió como si nunca se hubiera ido.
—Compañeros —les dije— este camión nos hace falta. Mucho. Para las mochilas, para la comida, para los heridos, para todo. Déjenlo aquí. Y díganles a sus jefes que cuando termine la marcha, se los devolvemos. Completito. Con gasolina si se puede.
Se miraron entre ellos. Asintieron. Y sin drama, sin pleito, sin teatro, dijeron:
—Está bien, Jimmy. Tú sabes que contigo no hay bronca.
Nos dimos un abrazo. Un abrazo de esos que tienen historia, sudor, respeto y un poco de nostalgia sindical.
Luego los invitamos a echarse un taco con nosotros, allí mismo, en medio del llano. Comieron como comen los hombres que han trabajado todo el día: rápido, agradecidos, sin hacer ruido.
Después los subimos a un ómnibus que venía de México rumbo a Saltillo. Se fueron con la panza llena, el corazón tranquilo y la conciencia un poco más ligera.
Mientras tanto, los chotas de la DFS nos miraban desde lejos, haciéndose pendejos, tratando de adivinar qué estaba pasando, como si fueran espías de caricatura con libreta en mano y cerebro en huelga.
Uno de ellos incluso sacó binoculares. Pero como no entendió nada, anotó lo de siempre: “Los manifestantes interceptaron un vehículo.” Si hubieran tenido un poco de honestidad —o de sentido del humor— habrían escrito: “La propia Rectoría facilitó, sin querer, dos vehículos para fortalecer la marcha.” Porque ese día, sin proponérselo, sin planearlo, sin imaginarlo, la Universidad usurpada nos regaló:
—un minibús convertido en ambulancia revolucionaria, —y una camioneta de tres toneladas convertida en columna vertebral logística.
La marcha agradeció. La historia tomó nota. Y la DFS… pues la DFS siguió sin entender nada.
4:00 PM — El camión que traía memoria (no víveres)
Y entonces ocurrió. Un camión de la línea Campo Alianza apareció en el horizonte como si trajera un mensaje del pasado. Lo manejaban dos mujeres sin títulos, pero con historia: Mi madre, Beatriz. Irene, mi esposa todavía, aunque ya vivíamos en orillas distintas del mismo río.
Traían cajas, costales, latas, bolsas. Pero lo que realmente traían era memoria organizada, amor enlatado, voluntad empaquetada.
Irene bajó del camión como quien baja de un recuerdo. Traía el mismo modo de caminar que tenía cuando la conocí en 1971, en aquel baile universitario del Casino del Club de Leones, en el bulevar Venustiano Carranza. Yo, estudiante de Arquitectura. Ella, de Ciencias Químicas. Ambos de Torreón, pero exiliados voluntarios en Saltillo.
Cuando la vi bajar, por un instante, el llano se convirtió en pista de baile. El viento en música. El polvo en luces.
—No vine por ti —me dijo—. Vine por todos. Hizo una pausa.
—Pero también vine por ti.
—¿Y las niñas? —pregunté.
Irene sonrió con los ojos.
—Tania pregunta diario por ti. Dice que, si tú caminas mucho, ella también va a caminar en el patio para alcanzarte. Ya se inventó un juego: “A ver quién llega primero a México”.
Me reí.
El llano también.
—¿Y Adriana?
Irene soltó una carcajada que espantó a un pájaro del mezquite.
—¿Adriana?
Esa niña está igualita a ti.
Cuando hace del baño… ¡son igual de hediondos los dos!
Nos reímos los dos. Risa de llano, risa de historia, risa de vida compartida. Y sin querer, la abracé. No como marido. No como ex. La abracé como quien abraza un pedazo de vida que no sabía que extrañaba tanto.
Ambos reímos. Y también lloramos tantito. No de tristeza. De memoria.
—No sabes lo que fue juntar todo esto —dijo señalando las cajas—.
Tu mamá y yo recorrimos mercados, casas, farmacias. La gente daba sin preguntar. Una señora me dio papas como si me entregara a su hijo. Otra me dio medicina y me dijo: “Para los que se cansen”. Un señor me dio arroz y dijo: “Dígale al arquitecto que no se raje”.
—Vine —añadió— porque tus hijas deben saber que su padre camina por ellas. Vine porque alguien tenía que traer hasta acá lo que la gente puso en nuestras manos. Vine porque lo que fuimos… todavía respira.
Y allí entendí: Yo no marchaba solo. Marchaban mis hijas conmigo. Marchaba Irene conmigo. Marchaba Torreón conmigo.
7:00 PM — Conversación con mi madre, mi padre y mi abuelo cardenista
Mi madre se sentó a mi lado sobre un costal doblado. La noche ya estaba bajando como telón de teatro pobre. La Loma —viejo sabio— nos miraba desde sus sombras, como si también quisiera escuchar.
—Si tu abuelo Ubaldo viviera —me dijo— estaría aquí contigo.
Y entonces abrió la historia como quien abre un cofre heredado, con cuidado, con respeto, con memoria.
—En el treinta y seis, cuando Cárdenas andaba repartiendo tierras, tu abuelo era de los que no se escondían. Caminaba al lado del general. Cara a cara. No como súbdito, sino como igual.
El viento se detuvo. Hasta los perros del ejido parecieron guardar silencio.
—Cárdenas lo respetaba —continuó—. Le decía: “Usted conoce mejor que nadie estas tierras”. Y tu abuelo respondía: “General, yo conozco la tierra… pero usted conoce la justicia”.
Mi madre acomodó su rebozo. Ese gesto suyo que siempre anuncia que viene algo importante.
—Tu abuelo organizaba a los campesinos —siguió—. Les explicaba que la tierra no se mendiga: se trabaja y se defiende. Y cuando Cárdenas venía, Ubaldo lo acompañaba. Le mostraba dónde estaban los abusos, dónde estaban los olvidados.
Me apretó la mano. Y en ese apretón venía toda la genealogía de la dignidad. Pero esa noche, mi madre no venía sola con la memoria de Ubaldo. Traía también la voz de otro hombre: mi padre, Rubén.
—Antes de subirnos al camión —me dijo— tu papá me dio esto. Sacó un bote metálico, abollado, con una ranura en la tapa. Un bote que alguna vez había sido de pintura, luego de clavos, luego de tornillos, y que ahora era alcancía de resistencia.
—Lo tenía guardado en la carpintería —dijo—. Ahí juntaba lo que podía. Centavitos, monedas sueltas, lo que le daban de más los clientes. Y me dijo: “Llévaselo a los muchachos. Para que compren latas, comida, lo que haga falta en la marcha”.
Mi madre sonrió con ternura.
—Y antes de que me subiera al camión, me dijo: “Salúdame al Chato”.
Me reí. Ese era mi padre: humor de carpintero, corazón de roble, lengua afilada y cariño escondido.
—Dice que estás chato —añadió mi madre— pero que respiras bien.
Los dos reímos. La Loma también, o al menos así sonó el viento.
—Dígale que lo quiero mucho —le dije—. Y que se cuide. Me contó que se lastimó un dedo… Mi madre asintió.
—Sí. Se pegó con el martillo haciendo un marco para “un cliente distinguido”. Así les dice a todos, ya sabes. Pero no quiso dejar de trabajar. Dice que mientras ustedes caminan, él también tiene que hacer lo suyo.
Y allí, en medio del llano, entendí que mi padre también marchaba. Marchaba desde su carpintería, desde su bote‑alcancía, desde su dedo lastimado, desde su humor que siempre salva.
Mi madre me miró con esos ojos que ven más de lo que digo.
—Tu abuelo no estaría orgulloso de ti —dijo—. El orgullo es para los que miran desde lejos. Él estaría marchando contigo. A tu paso. A tu lado.
—Y tu padre también —añadió—. A su manera. Con su bote, con su martillo, con su dedo vendado, con su humor de taller.
—Y tus hijas… esas niñas también marchan. Tania, con su juego de alcanzarte. Adriana, con su mirada de lámpara encendida.
Hizo una pausa. El llano respiró.
—Así como tu abuelo caminó con Cárdenas —dijo— tú caminas con tus hijas. Y así como tu padre trabaja por ustedes, tú trabajas por ellas. La historia no se hereda: se carga.
Y allí entendí que yo no marchaba hacia México. Marchaba hacia mi historia. Y mi historia venía marchando conmigo: mi abuelo cardenista, mi padre carpintero, mi madre caminante, mi esposa solidaria, mis hijas pequeñas, y yo… apenas un hilo más en esa cuerda larga que viene desde 1936 y sigue andando.
Ejido La Loma — 19:30 horas
La DFS escribió: “Arribó el contingente al Ejido La Loma para pernoctar.” Qué palabra tan fría. Tan de oficina. Tan incapaz de decir lo que realmente pasó. Porque La Loma no era un lugar: era un viejo. Un viejo de tierra reseca, espalda ancha y silencio sabio. Un viejo que nos miró llegar como quien mira a hijos cansados que regresan sin avisar.
Las casas eran pocas, tímidas. Los perros nos olieron sin ladrar. El aire sabía a leña vieja y a historias que nadie escribió. La Loma nos habló sin palabras: “Siéntense. Descansen. Aquí la noche no muerde. Aquí la tierra también camina.”
8:00 PM — La despedida que nadie vio
Me acerqué a mi madre. Le di un beso en la mejilla. Rápido. Casi clandestino. Luego a Irene. Otro beso. Otro secreto. Los ojos se me llenaron de agua. Pero me las ingenié para que nadie lo notara.
El camión se fue. Y yo me quedé parado, sin moverme, como si cualquier gesto pudiera quebrarme. La Loma guardó silencio. Como hacen los viejos cuando ven llorar a un hombre. Ese día sigue marchando dentro de mí.
Esa noche, mientras el campamento dormía y las ollas seguían oliendo a frijol y leña, pensé: “Hay quienes marchan con botas. Hay quienes marchan con pancartas. Yo marcho con dos niñas: una que juega a alcanzarme, otra que apenas descubre el mundo. Y ambas me empujan más que cualquier consigna.”
La DFS podrá escribir lo que quiera. Pero lo que no pueden escribir —porque no lo entienden— es esto: Que un camión de Torreón trajo más historia que víveres. Que una madre y una esposa sostuvieron la marcha con sus manos. Que un abuelo cardenista marchó conmigo desde 1936. Que Catón caminó ese día con nosotros.
Que mis hijas, sin caminar, marcaron el rumbo. Que La Loma, vieja sabia, nos dio techo sin paredes y cobijo sin palabras.
Ese día no se fue. Ese día sigue marchando dentro de mí. Y si uno escucha con atención, todavía se oye: el paso, la olla, la risa, la memoria, la herida, la esperanza, y la voz ronca de La Loma diciendo:
“Ándele, muchacho…mañana hay más camino.”





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