Viernes Santo- 20 de abril- Sexto día de la Marcha… Hoy, tantos años después, cuando ya no marchamos sobre el asfalto sino sobre la memoria, sé que ese sexto día no terminó. Sigue caminando dentro de mí. Dentro de nosotros.
VITRALIA | Por Jaime Cleofas Martínez Veloz
Dicen los viejos del sur de Nuevo León que la carretera 57 no es una ruta: es una cicatriz. Una herida larga que divide cerros, ejidos y silencios.
Ese día, la cicatriz se volvió médula del nosotros. Ya no marchábamos por estrategia. Marchábamos por afecto. Cada pisada era pacto. Cada ampolla, una medalla invisible. Cada plato servido, una declaración sin firma.
Mientras tanto, en alguna oficina con ventilador ruidoso, un agente de la DFS escribía con solemnidad de notario del absurdo:
“A las 06:30 horas se tuvo conocimiento…”
“A las 07:30 horas reanudaron su marcha…”
“A las 11:20 horas arribaron al Ejido El Canelo…”
“A las 16:07 horas continuaron la marcha…”
“Han recorrido 172 kilómetros…”
Ellos contaban horas. Nosotros contábamos humanidad.
La Loma — donde amanecimos
El informe dice que salimos del Ejido La Loma a las 7:30. No dice que La Loma es un caserío nacido del reparto agrario, encendido como una vela en medio del viento. No dice que el café en ayunas sabía a pacto. No dice que la indiferencia del poder dolía más que los pies.
La rutina sabía de dolores: seis treinta, café en ayunas. Siete en punto, el primer paso. De dos a cuatro, tregua tibia. Después, sol y convicción hasta que la noche nos abrazara.
La DFS no registró que la carretera dejó de ser asfalto y se volvió médula. No tenía casilla para ternura compartida.
El Canelo — donde cayeron los Cachorros
Mientras las cocineras —mujeres de fuego, temple y cucharón que manda más que cualquier general— preparaban arroz, papas, frijoles y sopa de letras, el campamento estaba en ese silencio tenso que solo aparece cuando todos esperan que la comida esté lista.
Y entonces… se oyó un rugido. No era el viento. No era un tráiler común. Era la llegada del hambre organizada, versión Provivienda.
El tráiler se detuvo con un rechinido que hizo voltear hasta a los zopilotes. Y desde lo alto, como si el cielo hubiera decidido aventarnos un meteorito, cayó una bolsa militar verde. Gigante. Descomunal. Inconfundible. La bolsa no cayó: se desplomó, como si la gravedad hubiera dicho:
“Ahí les va su prueba del día, cabrones.” Las cocineras se persignaron. Las ollas temblaron. Los frijoles se reacomodaron en la olla como diciendo: “¡Ay, güey… ya llegaron!”.
Y entonces estalló una carcajada. Una carcajada grande, sonora, de esas que rebotan en los cerros y regresan más alegres. “¡Ya valió madre la comida! ¡Llegaron los que comen por seis!”. Porque esa bolsa solo podía ser de uno: El Cachorro. 120 kilos de barrio Provivienda, pura alegría tragona y corazón de tamal bien amarrado.
El Cachorro bajó del tráiler como si descendiera un dios prehispánico del maíz… pero versión garnachera.
—¡Ya llegamos, cabrones!
—¡Pues siéntense, que si no comen ustedes, comemos nosotros!
—¡Guarden las cucharas, compañeras! ¡Llegó la plaga bíblica!
Las risas rebotaron como tambores de guerra alegre. Porque cuando llegan los Cachorros, llega la fiesta. Y cuando llega la fiesta, la marcha respira mejor.
Provivienda: el barrio que no cabe en un informe
La Colonia Provivienda no es colonia: es un ecosistema. Un laboratorio donde la solidaridad se aprende antes que la tabla del 7. Ahí las calles no están pavimentadas, pero las lealtades sí.
De ahí venía Paquito Panda, estudiante de arquitectura: el que cargaba maquetas, sueños y tortillas con la misma devoción. El que sabía que una ciudad se diseña, sí, pero también se camina. El que entendía que la marcha era un plano vivo.
Por eso, cuando vio caer la mochila del Cachorro, solo murmuró: “Ah, chingá… ya llegó la delegación gastronómica.”. El Loco Gámez y Doña Felipa: la retaguardia que alimenta revoluciones
Y como si el universo hubiera decidido que ese día la marcha sería buffet, llegó El Loco Gámez. Traía comida como quien trae municiones: las gorditas que su madre, Doña Felipa, preparaba en su estanquillo junto a la Escuela de Arquitectura, en Campo Redondo.
Doña Felipa era una institución. La mujer que podía alimentar a medio Saltillo con una plancha, un mandil y una sonrisa que sabía a masa recién hecha. Cada vez que podía, mandaba comida para los marchistas. No preguntaba si alcanzaba: ella sabía que la solidaridad siempre alcanza.
El Chundo — el tesorero de los imposibles
Mientras el campamento se reía con los Cachorros y se organizaba para comer, Juan José Esparza Hernández, nuestro querido Chundo, revisaba la caja de la marcha.
El Chundo no era tesorero: era equilibrista, mago, contador de milagros. Con una libreta doblada y un lápiz mordido, contaba el dinero del boteo como quien cuenta semillas antes de sembrar.
Cada moneda tenía destino: un kilo de arroz, una venda, una aspirina, un respiro. Si la marcha era un cuerpo, el Chundo era el pulso.
Hay territorios que no nacen: se levantan. Se levantan con machete y cartón, con manos que no piden permiso, con mujeres que prenden fogones como quien enciende estrellas, con jóvenes que trazan calles donde antes solo había polvo.
Pancho Villa, Universidad Pueblo, Pueblo Insurgente: tres nombres, un mismo pulso. Son colonias que no caben en un plano, porque fueron dibujadas con hambre, con rabia buena, con la certeza de que la dignidad también necesita techo.
En sus calles sin pavimento se aprendió a resistir. En sus fogones se cocinó la solidaridad. En sus asambleas se descubrió que el pueblo, cuando se organiza, no pide: construye.
Y cuando esas colonias llegaron a la marcha, no llegaron como invitadas: llegaron como raíz. Porque hay pueblos que no solo apoyan una lucha: la sostienen. Ahí donde el pueblo se organiza, la historia encuentra hogar.
Santa Ana — donde la noche se volvió hogar
En la comunidad de Santa Ana, junto al Ejido La Laguna, nos esperaba la cena. Pero no era una cena cualquiera. Era una cena con genealogía, con raíces, con memoria de barrio.
La preparaban habitantes de las colonias Pancho Villa, Universidad Pueblo y Pueblo Insurgente. Tres colonias hermanas, nacidas en distintos años, pero del mismo vientre: la necesidad, la dignidad y la organización popular.
Pancho Villa — la colonia que nació con machete y convicción
A finales de los setenta, un grupo de familias tomó un pedazo de tierra dura y lo convirtió en barrio. Con machete, cuerda y noches sin dormir. Los estudiantes de Arquitectura llegaban a aprender lo que la universidad no enseñaba: cómo se traza una calle con el cuerpo, cómo se diseña una casa con la necesidad, cómo se construye comunidad con pura voluntad.
Universidad Pueblo — la maqueta viva
En 1982, cuando la crisis expulsó a quienes no podían pagar renta, nació Universidad Pueblo. Se levantó con cartón, lámina, madera reciclada y solidaridad organizada. Era un taller al aire libre: los jóvenes aprendían a medir terrenos, las mujeres a cocinar para cien, los niños a jugar entre zanjas que pronto serían calles.
Pueblo Insurgente — la colonia que nació de la organización
Pueblo Insurgente era hija de luchas urbanas y sindicales. Ahí la palabra “insurgente” no era adorno: era método. Ese día se incorporaban a la marcha Francisco Navarro Montenegro y Magda, su compañera. Llegaron como quien vuelve a casa después de una larga ausencia.
La cocina como territorio liberado
Las mujeres de esas colonias —expertas en levantar casas con lámina y esperanza— prestaron fogones, ollas, manos. La cena sabía a tregua, a hogar improvisado, a abrazo servido en plato hondo.
Los niños miraban como si la marcha fuera un animal mítico. Ahí nos dormimos.
Ahí la noche se llenó de estrellas y deseo. Porque la moral también se construye más difícil que una fogata. Conversación imaginaria con mi madre, mi abuela y mi abuelo
Cuando el campamento se apagó y solo quedó el rumor de los grillos, pensé en mi madre. En cómo, un día antes, había llegado con Irene en un camión cargado de alimentos y medicinas. En cómo se bajó con ese andar suyo, mezcla de prisa y ternura, como si trajera en las manos no víveres, sino bendiciones envueltas en periódico.
En la imaginación —o quizá en la memoria— la vi sentarse a mi lado, sobre una piedra tibia.
—¿Y cómo vas, hijo?
—Aquí vamos, madre. Caminando.
—¿Y vale la pena?
—Toda.
—¿Y no te cansas?
—Sí.
—Entonces por qué sigues.
—Porque usted me enseñó que hay caminos que se caminan, aunque duelan.
Ella sonrió, pero no era solo ella. Detrás de su sombra apareció otra sombra más antigua: la de mi abuela Esther Bañuelos Mendoza, que murió cuando mi madre tenía once años. La vi joven, con el cabello recogido, con esa fuerza silenciosa de las mujeres que sostienen casas enteras sin que nadie lo note.
Mi madre la miró como quien mira un recuerdo que nunca se fue. Y mi abuela, sin hablar, puso una mano en el hombro de mi madre. Una mano que cruzó décadas, ausencias y duelos.
Y entonces, detrás de ambas, apareció la figura de mi abuelo Ubaldo Veloz, el cardenista, el que marchó antes de que nosotros marcháramos, el que murió un año después que mi abuela, dejando a mi madre huérfana a los doce años.
No venía con discursos. No venía con consignas. Venía con esa mirada de los hombres que saben que la dignidad no se hereda: se enseña.
Se paró frente a mí, como si revisara mis pasos. Como si midiera la marcha no en kilómetros, sino en coherencia.
—No estás solo, dijo mi madre. Pero la voz parecía venir también de ellos. De los tres. De esa genealogía de ausencias que, sin embargo, nunca nos dejaron solos.
Mi abuela Esther me tocó la mejilla. Mi abuelo Ubaldo me puso una mano en la espalda. Y mi madre, entre ambos, me sostuvo como quien sostiene un árbol joven para que no lo tumbe el viento.
—Sigue, dijeron los tres, sin decirlo.
—Nosotros vamos contigo.
Cuando levanté la vista, ya no estaban. O quizá nunca estuvieron. Pero el hombro, la espalda y la mejilla sentían como si sus manos siguieran ahí.
Hoy, tantos años después, cuando ya no marchamos sobre el asfalto sino sobre la memoria, sé que ese sexto día no terminó. Sigue caminando dentro de mí. Dentro de nosotros. Como una madre que no se va. Como una abuela que regresa en silencio. Como un abuelo que vigila desde el polvo. Como una colonia que se levanta. Como una cicatriz que no duele: guía.





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