Mientras los ingenieros desafiaban la resistencia del suelo sísmico de la ciudad, ella parecía jugar a mantener el equilibrio sobre las elevadas vigas metálicas.
VITRALIA | Saltillo | febrero 15, 2026. – En 1950, mientras la Ciudad de México soñaba con tocar las nubes, una peculiar criatura de cuatro patas solía caminar por los travesaños de acero de un edificio en construcción, a 180 metros de altura.
Don Manuel era un remachador, uno de esos hombres que trabajaban bajo el implacable sol, insertando piezas de acero al rojo vivo.
Un día, una perra callejera que buscaba refugio entró en la obra. Pronto se hizo amiga de los obreros, quienes la bautizaron con el nombre de «Viga», después de atestiguar su sorprendente afición por las alturas.
En efecto, mientras los ingenieros desafiaban la resistencia del suelo sísmico de la capital, Viga parecía jugar a mantener el equilibrio.
Aprendió a trasportar pequeñas herramientas dentro de una canasta de mimbre, misma que sostenía con el hocico.
Ascendía sobre los montacargas, para luego caminar con gran calma y seguridad sobre las estructuras metálicas que se extendían de una columna a otra, antes de que se instalaran los pisos.
Una mañana de viento fuerte, un obrero resbaló accidentalmente y quedó suspendido de un cable.
Abajo, sus compañeros no podían escuchar sus gritos de auxilio, debido a la enorme distancia a la que se encontraban y al ruido aturdidor de los autos.
Viga, que se encontraba no muy lejos del hombre, al percatarse de la situación, ladró insistentemente en dirección a los trabajadores, golpeando el metal con sus patas para crear un eco, que no tardó en alertar a la cuadrilla de rescate.
Después de una serie de peligrosas maniobras, el obrero fue rescatado, justo cuando sus manos terminaban de resbalar del cable al que se había podido sujetar.
En 1956, cuando la Torre Latinoamericana fue inaugurada, Viga ya era vieja. Los dueños del edificio, en un gesto poco común, permitieron que viviera sus últimos años en el área de mantenimiento de la icónica construcción.
A partir de entonces, se cree que esta extraordinaria perra fue el único ser vivo que vio crecer la ciudad desde lo más alto, sin sentir miedo.
Ello nos recuerda que el cielo es de quien se atreve a caminar al borde del abismo por amor a sus amigos. (Anónimo).
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