El movimiento Therian puede entenderse como una subcultura digital contemporánea que organiza prácticas, lenguaje y símbolos en torno a la identificación con un animal no humano.
Ateneo Conductual
VITRALIA | Saltillo | marzo 16, 2026. – En las últimas semanas, se ha observado en redes el fenómeno “Therian”.
Con ello han aparecido expresiones como: “Esto es decadencia social”, “Tienen algún trastorno de personalidad”, “Son adolescentes producto de una crisis digital” y otras más extremas: “Es una crisis mundial”.
Antes de adoptar ese marco interpretativo o incluso diagnóstico, conviene hacer algo que en nuestro campo es básico: analizar función antes que forma.
¿QUÉ DESCRIBEN COMO “THERIAN”?
Los llamados Therian son personas que describen su identidad vinculada a un animal.
El movimiento Therian puede entenderse como una subcultura digital contemporánea que organiza prácticas, lenguaje y símbolos en torno a la identificación con un animal no humano.
Al revisar sobre su origen, las comunidades Therian comenzaron a organizarse en foros de internet durante la década de 1990 y principios de los 2000. Las redes sociales permitieron que personas con experiencias similares pudieran encontrarse, interactuar y establecer comunidades que reforzaban mutuamente (Laycock, 2012).
De este modo, se consolidaron prácticas culturales compartidas, tales como:
• Conductas verbales de identidad: autodescripciones como “soy lobo” o “soy felino”, que funcionan como conducta verbal mantenida por la audiencia que las valida (Skinner, 1957).
• Conductas públicas: uso de accesorios (máscaras, colas), determinadas posturas corporales, vocalizaciones e interacción en espacios presenciales y virtuales.
• Contingencias sociales: participación en comunidades online con reglas, símbolos y terminología propios, que proveen reforzamiento social en forma de pertenencia, validación e identidad compartida.
La red facilitó la formación de comunidades que seleccionan y mantienen prácticas por sus consecuencias sociales (Glenn, 2004; Glenn,et al., 2016). Desde esta perspectiva, la cultura no solo rodea la experiencia individual, sino que ofrece marcos de interpretación para organizarla y expresarla.
La identidad, entonces, no se reduce a una vivencia privada; se construye públicamente en interacción con un público. No es únicamente “sentirse algo”, sino describirlo, representarlo y recibir consecuencias por hacerlo. De esta forma, la identidad puede entenderse como conducta verbal que se mantiene en función del reforzamiento social que la comunidad proporciona (Skinner, 1957; 1974).
Las redes sociales intensifican este proceso porque:
• Hacen visible y cuantificable la audiencia.
• Permiten la formación de micro comunidades internacionales.
• Reducen el costo conductual de encontrar pares con experiencias similares.

El reforzamiento social intermitente, característico de sistemas como los “likes” y los comentarios, es especialmente potente para mantener repertorios conductuales en el tiempo (Ferster & Skinner, 1957).
Además, la pertenencia a estas comunidades puede cumplir diversas funciones sociales:
• Afiliación: responder a la necesidad básica de pertenecer (Baumeister & Leary, 1995).
• Coherencia identitaria: organizar narrativamente experiencias internas.
• Diferenciación generacional: delimitar identidad frente a normas culturales dominantes.
• Creatividad simbólica: explorar estética, juego y expresión.
En algunos casos, estas prácticas podrían además operar como:
• Estrategias de regulación emocional.
• Recursos de afrontamiento ante experiencias de aislamiento.
• Formas simbólicas de representar rasgos personales (como independencia o sensibilidad) mediante metáforas animales culturalmente disponibles.
Lo relevante, para el análisis de la conducta, son las contingencias que la originan, sostienen y los efectos que produce en el repertorio conductual del individuo y en su ajuste contextual (Skinner, 1974; Glenn, 2004); no necesitamos suponer que existan “problemas de personalidad», como “esencias internas”. Lo que observamos, hasta ahora, es que la práctica persiste en la medida en que genera consecuencias reforzantes para quienes participan.
Tampoco se trata de un fenómeno aislado, porque la historia cultural muestra múltiples grupos que han construido identidad a partir de símbolos no convencionales: tribus urbanas, fandoms, movimientos espirituales, cosplay. Las culturas cambian cuando cambian las contingencias que seleccionan y sostienen sus prácticas.
¿ES PREOCUPANTE CULTURALMENTE?
Las prácticas culturales se mantienen en la medida en que producen consecuencias que las seleccionan y estabilizan en el tiempo (Skinner, 1981; Glenn, 2004).
Si una práctica incrementa la cooperación o la cohesión grupal, no genera daño significativo a terceros y amplía repertorios simbólicos o expresivos, es probable que se mantenga sin producir desorganización social relevante.
Hasta el momento, no existe evidencia empírica de que la comunidad Therian, como fenómeno cultural, esté asociada con aislamiento social masivo, colapso institucional, conflicto estructural sostenido o afectaciones económicas significativas.
En ausencia de tales indicadores, caracterizar el fenómeno como “crisis social” parece responder más a dinámicas de alarma colectiva que a un análisis funcional de sus efectos reales.
La literatura sobre pánicos morales muestra cómo determinados grupos juveniles o subculturas pueden ser amplificados mediáticamente y percibidos como amenazas desproporcionadas respecto a su impacto (Cohen, 1972).
¿CUÁNDO UN PROBLEMA CLÍNICO REQUIERE ATENCIÓN PSICOLÓGICA?
El criterio quizá no es si una práctica nos resulta inusual, sino si produce deterioro funcional significativo. Desde la visión conductual, lo relevante es el impacto que tiene sobre el repertorio del individuo y su capacidad de adaptación al entorno.

Podríamos considerar clínicamente relevante una situación cuando se observa:
• Deterioro académico o laboral sostenido.
• Restricción significativa del repertorio conductual.
• Aislamiento social severo.
• Pérdida de contacto efectivo con contingencias compartidas culturalmente.
• Riesgo para la integridad física o psicológica.
Asimismo, puede requerir evaluación específica cuando la práctica:
• Sustituye casi por completo otras fuentes de reforzamiento.
• Incrementa la evitación de interacciones fuera del grupo de referencia.
• Limita de manera progresiva los repertorios sociales y adaptativos.
En estos casos, el foco no estaría en la identidad, sino en el patrón funcional de conducta y en las consecuencias que está generando en la vida del individuo.
EL CASO DEL JOVEN QUE FUE AL VETERINARIO
Los casos extremos que circulan en medios deben analizarse con cautela. En algunas notas se ha presentado de forma sensacionalista el supuesto caso de un joven que acudió a un veterinario, lo cual ha contribuido a amplificar la alarma y a reforzar la idea de que quienes se identifican como Therian necesariamente presentan un delirio.
Resulta importante analizar los casos aislados con el mismo rigor clínico que aplicaríamos a cualquier otra situación. Si, tras una evaluación profesional adecuada, se confirmara la presencia de pérdida de juicio de realidad o deterioro funcional significativo, estaríamos ante un fenómeno clínico individual que requiere intervención específica.
Eso no autoriza a generalizar ni a patologizar automáticamente a toda una comunidad a partir de un caso particular. Generalizar desde algunos casos, constituye un error categorial.
A MANERA DE CIERRE
Numerosas subculturas: punk, gótica, emo, cosplay, fandoms, fueron o son leídas como signos de decadencia moral; sin embargo, la mayoría se transformaron, se integraron o se diluyeron conforme a las consecuencias culturales que las fueron seleccionando.
Por ello, la tarea no consiste en moralizar identidades, sino en analizar su función, su grado de flexibilidad y su ajuste a las contingencias del contexto.
REFERENCIAS
-Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117(3), 497–529. https://doi.org/10.1037/0033-2909.117.3.497
-Cohen, S. (1972). Folk devils and moral panics: The creation of the mods and rockers. MacGibbon and Kee.
-Ferster, C. B., & Skinner, B. F. (1957). Schedules of reinforcement. Appleton-Century-Crofts.
-Glenn, S. S. (2004). Individual behavior, culture, and social change. The Behavior Analyst, 27(2), 133–151. https://doi.org/10.1007/BF03393175
-Glenn, S. S., Malott, M. E., Andery, M. A. P. A., Benvenuti, M., Houmanfar, R., Sandaker, I., Todorov, J. C., Tourinho, E. Z., & Vasconcelos, L. A. (2016). Toward consistent terminology in a behaviorist approach to cultural analysis. Behavior and Social Issues, 25, 11–27. https://doi.org/10.5210/bsi.v25i0.6634
-Laycock, J. P. (2012). Modern animal identity movements: A comparative analysis of therianthropy and otherkin. Nova Religio, 16(1), 65–90. https://doi.org/10.1525/nr.2012.16.1.65
-Skinner, B. F. (1957). Verbal behavior. Appleton-Century-Crofts.
Skinner, B. F. (1974). About behaviorism. Knopf.
-Skinner, B. F. (1981). Selection by consequences. Science, 213, 501–504.
(Por cortesía de la Psic. Rosa María Sisbeles, directora de la Unidad de Control y Gestión de la Fiscalía General de Coahuila).
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